La muerte del pequeño Shug, Daniel Woodrell

En esta ocasión contamos con la reseña de una novela negra, La muerte del pequeño Shug, de Daniel Woodrell. Un autor quizás no tan conocido, pero cuyas obras dejan claro su dominio de la narrativa, así como un estilo propio que no deja indiferente. No os perdáis la reseña de Abraham, merece la pena adentrarse en esta novela.

 

La muerte del pequeño Shug, Daniel WoodrellTítulo: La muerte del pequeño Shug
Autor: Daniel Woodrell
ALBA editorial
Colección: Novela negra
Traducción: Isabel González-Gallarza
Isbn: 97884-84289586
Páginas: 216

Sinopsis:

Shug Atkins tiene trece años y vive en una casa junto a un cementerio. Su padre, que quizá no lo sea, lo mira con «esa mirada suya que me amenazaba con una muerte rápida que se hace eterna»; y, aunque es obvio que lo detesta, se sirve de él para entrar en casas de médicos y enfermos y robar barbitúricos. Glenda, la madre, es una belleza que ha conocido mejores días. Un día irrumpe en la vida de estos tres seres un hombre amable, cortés, con un coche elegante. Despierta sueños dormidos, aviva pasiones prohibidas. La muerte del pequeño Shug es un implacable relato sobre la pérdida de la inocencia y la perversión del concepto de familia, en el que Daniel Woodrell demuestra una vez más, como en Los huesos del invierno, su dominio narrativo y su sensibilidad para ahondar en los límites de la novela negra.

Opinión

 

Hacía mucho tiempo que una novela no me impresionaba tanto como la que hoy traigo a mi espacio. Se trata de “La muerte del pequeño Shug“, editada por Alba en su serie de
novela negra. Su compra venía avalada por otra lectura anterior de este mismo escritor, titulada “Los huesos del invierno“, que también me había calado muy hondo, y es que Daniel Woodrell es un auténtico maestro a la hora de transmitir sensaciones. Sus frases son auténtica dinamita, y una vez leídas se enroscan en la garganta dejándote sin resuello en la mayoría de ocasiones. Decía el año pasado en Gijón el señor Benjamín Black que para él, igual que para cualquier escritor que se preciase, se convertía en una auténtica obsesión encontrar las frases adecuadas, aquéllas que fuesen realmente capaces de resumir un estado de ánimo, una situación concreta o un sentimiento de la manera más potente posible. En esta novela lo consigue nuevamente Daniel Woodrell, y con una nota destacada, a mi humilde entender.


Asistimos con este autor al esplendor de lo que algunos llaman “country noir”. Nuevamente, al igual que en la novela de “Los huesos del invierno” (reseñada hace tiempo por una gran amiga en un blog que recomiendo desde aquí: http://bealadelola.blogspot.com.es/2014/05/los-huesos-del-invierno-de-daniel_12.html) nos sitúa Daniel Woodrell en un entorno rural, las montañas Orzak, solo que en este caso no serán los adictos a la metanfetamina y sus camellos los protagonistas, sino una madre soltera y su hijo, que viven desamparados como guardeses de un cementerio.

El joven Shuggie (Su nombre real es Morris Akins, pero Shug para los lectores, a partir de ahora) vive con Glenda (su madre) aterrorizado continuamente con la  inesperada irrupción en su casa de su supuesto padre, Red. Se trata éste de un gigantón pelirrojo, al que siempre acompaña su inseparable amigo Basil. Juntos se colocan con todo lo que tienen a mano, y no dudan en utilizar al pequeño Shug para sus fechorías, obligándole a acompañarlos a lo que ellos llaman “cosas de hombres”, que no son otra cosa que robos de medicinas en casas de enfermos terminales.

Shug detesta a su supuesto padre, pero en el fondo le admira, y desea llegar a tener su fuerza algún día; más que nada porque a sus 13 años comienza a mostrar un preocupante complejo de Edipo hacia Glenda. Su madre, Glenda, es una belleza sureña venida a menos, que prefiere huir de los problemas ahogando sus recuerdos en alcohol. Es una mujer muy sexy, de hecho es tan atractiva que puede hacer que un simple “hola que hay” suene “tan pecaminoso que corras a lavarte los oídos”. Su ingenuidad contrasta con la brutalidad de Red, que solamente se acerca a ella cuando la desea sexualmente, que la llama “bruja” antes de aprisionar con sus manazas uno de sus pechos justo antes de manosearla sin importarle para nada la presencia del pequeño (o de otros adultos). Red siempre ejerce una posición de dominación, siendo la brutalidad y las amenazas el prolegómeno de sus escenas más apasionadas.

El pequeño Shug asiste a esos abusos como un mero espectador, deseando no haber presenciado nunca esas escenas, aterrorizado  porque Red le mira “con esa mirada suya que me amenaza con una muerte rápida que se hace eterna”. Su madre, Glenda, es otro títere en esa ecuación en la que la llegada  del desastre se adivina más bien antes que tarde.  Un día, las cosas se tuercen, y el mayor consejo que sabe darle como madre es el de que “la gente que ha estado en la cárcel no puede ni ver a los chivatos”.

La tragedia se adivina en el momento en el que aparece en escena un hombre bueno. Un hombre que intenta ayudar a Glenda. Es una persona que contrasta totalmente con lo que ellos han conocido hasta ese momento, porque se muestra cortés, amable, educado… Conduce un coche elegante, y trae consigo recuerdos de un pasado mejor, y promesas de un futuro aún mejor. Conociendo los antecedentes de violencia de Red, sabes que la mayor de las atrocidades está a punto de suceder…

La muerte del pequeño Shug no es una muerte física, nos habla más bien del deterioro de las relaciones humanas, de la pérdida de la inocencia. Como bien dice Dennis Lehane en el apéndice 2, es peor aún, porque “es la muerte del niño que hay en nosotros, la muerte del alma; el final de cualquier cosa que guarde un mínimo parecido con la infancia o la inocencia”. “Porque lo que muere en ese chico es lo que todos rezamos por que no se haya muerto en nosotros”. Una vez dicho esto, aclarar que se trata de una novela dura, oscura, que nuevamente retrata un ambiente social marginal, en el que la pobreza y las adicciones van minando poco a poco las relaciones sociales, debilitándolas hasta sacar lo peor de cada uno. No es una novela fácil de asimilar, ni apta para personas demasiado sensibles. La supervivencia está dictaminada solamente por las buenas o malas decisiones que los personajes deciden tomar en un entorno en el que la ley es despreciada de forma reiterativa. Solamente los actos de valor personal otorgan  un mínimo de credibilidad ante unas personas que han decidido vivir al margen de cualquier tipo de disciplina moral o jurídica.

Se sirve el autor de unos diálogos precisos (devastadores en ocasiones), arrastrándonos a un abismo del que es difícil salir sin secuelas emocionales, y lo hace a través de una prosa tan fluida y poética que es capaz de convertir la inocencia en malicia, lo mundano en pecaminoso, y el bien en mal. Solamente puedo quitarme el sombrero ante esta nueva muestra de maestría y aplaudir, esperando que el mercado editorial se fije en otros nuevos títulos para ofrecérnoslos en España.
Aquí dejo los datos completos de la novela. Espero que la disfrutéis tanto como éste que la aconseja.

Abraham Agüera

 

daniel_woodrellDaniel Woodrell nació en 1953 en Springfield (Missouri), en las montañas Orzack, donde están ambientadas la mayoría de sus novelas. Dejó el instituto para alistarse en el ejército la semana que cumplía diecisiete años. A los veintisiete obtiene un título en el Writers´Workshop de Iowa, y disfruta de una beca Michener durante un año. En 1986 publica su primera novela, Under the Bright Lights, a la que siguió Woe to Live On (1987), adaptada al cine por Ang Lee con el título de Cabalga con el diablo (1999). En 1996 acuñó la expresión country noir para referirse a su novela Give Us a Kiss. Con Tomato Red ganó en premio PEN West de ficción de 1999. Los huesos del invierno (Winter’s Bone, 2006), publicada en la misma colección de Alba, serie novela negra, fue llevada al cine en 2010 por Debra Granik, obteniendo el primer premio del Festival de Sundance. Woodrell vive en West Plains, en las montañas Orzak, cerca de la frontera con Arkansas, con su mujer, la también novelista Katie Estill.

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