Cuento y poesía en Halloween

A lo largo de todos estos años, más de catorce, nos hemos ido haciendo eco de esta noche, una noche especial en la que los fantasmas, las ánimas, los fantasmas y el terror son los protagonistas. Si bien en los inicios predominaba todo lo relacionado con la noche de Todos los Santos, con el paso del tiempo se fue incorporando Halloween, cada vez más asentado en nuestro país.

Publicamos guías para escribir un cuento de terror para niños, pero también sobre cómo escribir historias de terror para adultos; no nos olvidamos de los personajes favoritos en la infancia: las brujas en la literatura, ni de cómo nació Halloween y su historia.

Pero hoy queremos compartir contigo dos lecturas, un relato y un poema, ya que a menudo nos olvidamos de la poesía, centrando nuestros post en la narrativa. Claro que para ello hemos elegido a dos clásicos: el maestro del terror, Edgar Allan Poe, y el poeta Juan Ramón Jiménez,  esencial para la poesía en lengua española y para la poesía contemporánea occidental, más conocido por su obra lírica Platero y yo, pero a quien queremos recuperar como poeta en este año que celebramos el sesenta aniversario de su muerte.

El maestro del terror, Edgar Allan Poe, quien ya ha estado con nosotros con su relato El gato negro, y que en esta ocasión nos visita con El corazón delator, excelente relato que nos sumerge en la frialdad también descrita por la pluma de Poe.

Juan Ramón Jiménez, nos visita con uno de sus poemas tardíos, poco conocido, titulado Noche de Todos los Santos. En este poema el autor nos muestra su estado de ánimo, la desesperanza, a través del paisaje descrito, siempre con un lenguaje sencillo, romántico.

 

El corazón delator

Edgar Allan Poe

 

 

edgar-allan-poe¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

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Noche de Todos los Santos

Juan Ramón Jiménez

 

Juan Ramón JiménezViento negro, luna blanca.
Noche de Todos los Santos.
Frío. Las campanas todas
de la tierra están doblando.

El cielo, duro. Y su fondo
da un azul iluminado
de abajo, al romanticismo
de los secos campanarios.

Faroles, flores, coronas
—¡campanas que están doblando!—
…Viento largo, luna grande,
noche de Todos los Santos.

…Yo voy muerto, por la luz
agria de las calles; llamo
con todo el cuerpo a la vida;
quiero que me quieran; hablo
a todos los que me han hecho
mudo, y hablo sollozando,
roja de amor esta sangre
desdeñosa de mis labios.

¡Y quiero ser otro, y quiero
tener corazón, y brazos
infinitos, y sonrisas
inmensas, para los llantos
aquellos que dieron lágrimas
por mi culpa!
… Pero,¿acaso
puede hablar de sus rosales
un corazón sepulcrado?
—¡Corazón, estás bien muerto!
¡Mañana es tu aniversario!—

Sentimentalismo, frío.
La ciudad está doblando.
Luna blanca, viento negro.
Noche de Todos los Santos.

 

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