3 cuentos para leer en familia

Es incréible, ya ha pasado un año.

En diciembre de 2014 nos propusimos que los fines de semana fueran para disfrutar de la lectura con cuentos clásicos, y esperamos haber contribuido a ello. Hemos ido publicando uno cada fin de semana (a veces, más de de uno) y hoy, un año más tarde, nos hemos dado cuenta que llevamos más de 40 cuentos compartidos, tanto de autores conocidos como de otros que no lo son tanto. Esperamos que hayáis disfrutado con su lectura.

Hoy queremos continuar esta tradición semanal, pero no con un cuento, sino con 3 cuentos que sirvan para disfrutar de la lectura a toda la familia. Para ello hemos elegido algunos cuentos que todos recordamos, esperamos que os gusten.

Comenzamos con un cuento de Hans Christian Andersen, El patito feo (también os hemos puesto la versión en vídeo). Si recordáis, el mes pasado compartimos otro cuento suyo, Pluma y tintero.

El patito feo

Hans Christian Andersen

 

El_patito_feo-IlustracionMartaVicente

Ilustración de Marta Vicente

En una hermosa mañana de verano, los huevos que habían empollado la mamá Pata empezaban a romperse, uno a uno. Los patitos fueron saliendo poquito a poco, llenando de felicidad a los papás y a sus amigos. Estaban tan contentos que casi no se dieron cuenta de que un huevo, el más grande de todos, aún permanecía intacto.

Todos, incluso los patitos recién nacidos, concentraron su atención en el huevo, a ver cuándo se rompería. Al cabo de algunos minutos, el huevo empezó a moverse, y luego se pudo ver el pico, luego el cuerpo, y las patas del sonriente pato. Era el más grande, y para sorpresa de todos, muy distinto de los demás. Y como era diferente, todos empezaron a llamarle el Patito Feo.

La mamá Pata, avergonzada por haber tenido un patito tan feo, le apartó con el ala mientras daba atención a los otros patitos. El patito feo empezó a darse cuenta de que allí no le querían. Y a medida que crecía, se quedaba aún más feo, y tenía que soportar las burlas de todos. Entonces, en la mañana siguiente, muy temprano, el patito decidió irse de la granja.

Triste y solo, el patito siguió un camino por el bosque hasta llegar a otra granja. Allí, una vieja granjera le recogió, le dio de comer y beber, y el patito creyó que había encontrado a alguien que le quería. Pero, al cabo de algunos días, él se dio cuenta de que la vieja era mala y sólo quería engordarle para transformarlo en un segundo plato. El patito salió corriendo como pudo de allí.

El invierno había llegado, y con él, el frío, el hambre y la persecución de los cazadores para el patito feo. Lo pasó muy mal. Pero sobrevivió hasta la llegada de la primavera. Los días pasaron a ser más calurosos y llenos de colores. Y el patito empezó a animarse otra vez. Un día, al pasar por un estanque, vio las aves más hermosas que jamás había visto. Eran elegantes, delicadas, y se movían como verdaderas bailarinas, por el agua. El patito, aún acomplejado por la figura y la torpeza que tenía, se acercó a una de ellas y le preguntó si podía bañarse también en el estanque.

Y uno de los cisnes le contestó:

– Pues, ¡claro que sí! Eres uno de los nuestros.
Y le dijo el patito:
– ¿Cómo que soy uno de los vuestros?
Yo soy feo y torpe, todo lo contrario de vosotros.
Y ellos le dijeron:
– Entonces, mira tu reflejo en el agua del estanque y verás cómo no te engañamos.

El patito se miró y lo que vio le dejó sin habla. ¡Había crecido y se transformado en un precioso cisne! Y en este momento, él supo que jamás había sido feo. Él no era un pato sino un cisne. Y así, el nuevo cisne se unió a los demás y vivió feliz para siempre.

FIN

 

Versión en película

El segundo cuento es La tortilla corredora, de autor anónimo.

La Tortilla Corredora

Anónimo

 

Mamá_cocinandoHabía una vez una familia formada por el papá, la mamá y siete niños, todos de muy buen apetito. Un día la mamá preparó una rica tortilla con harina, huevos, mantequilla, leche y azúcar. Cuando tuvo la masa lista, la puso en el horno.

Al sentir en el aire un rico olor, los niños dijeron:

—Mamita querida, ¿nos das un pedacito de tortilla?

—Todavía no —dijo la mamá—, tenemos que esperar que esté crujiente y dorada.

La tortilla vio aquellas bocas abiertas y aquellos ojos que la miraban con tanta hambre y se asustó muchísimo. ¡No quería que se la comieran!

Cuando la mamá abrió la puerta del horno, la tortilla dio un gran salto, rodó hasta la puerta y salió corriendo a la calle lo más rápido que pudo.

— ¿A dónde vas? —gritó la mamá.

Y tomando una cuchara de palo, salió persiguiendo a la tortilla. Su marido y sus hijos corrieron tras ella, gritando a la gente que pasaba por la calle:

— ¡Paren a esa tortilla! ¡Paren a esa tortilla!

Pero la tortilla corría tan rápido que muy pronto quedaron atrás. Volvieron a su casa muy tristes y esa noche sólo comieron pan duro.

A poco rodar, la tortilla se encontró con un anciano, que le dijo:

— ¿A dónde vas tan rápido? Para y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

— ¡Oh no! —Dijo la tortilla—. Acabo de escaparme de una mamá, un papá y siete hijos, todos con hambre. ¿Y quieres que me deje comer por ti?

Y siguió rodando. Poco después le salió al encuentro un hermoso gallo.

— ¿A dónde vas tan rápido? —Dijo el gallo—. Para un poco y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

—¡Oh no! —Dijo la tortilla—. Acabo de escaparme de una mamá, un papá, siete hijos y un anciano, todos con mucha hambre. ¿Y quieres que me deje comer por ti?

Y echó a correr a toda velocidad. Rueda que te rueda, tropezó con una gorda gallina que estaba al lado del camino. —¿Por qué corres así?

—Dijo la gallina—. Para un poco y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

—¡Oh no! —Dijo la tortilla—. Acabo de escaparme de una mamá, un papá, siete hijos, un anciano y un gallo, todos hambrientos. ¿Y quieres que me deje comer por ti?

Y siguió corriendo lo más rápido que podía, cada vez más enojada porque hubiera tanta gente que quisiera comerla. Rodando, rodando, llegó a una laguna y se encontró con un pato.

—¿A dónde vas, tortilla? —Dijo este—. Para un poco y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

—¡Oh no! —Dijo la tortilla—. Me he escapado de una mamá, un papá, siete niños, un viejo, un gallo, una gallina… ¿Y quieres que me deje comer por ti?

La tortilla estaba empezando a cansarse… Pero siguió rodando lo más rápido que pudo. Un poco más allá, le salió al paso un inmenso ganso.

— ¿Por qué corres tan rápido? —Le dijo el ganso—. Para un momento y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

— ¡Oh no! —Dijo la pobre tortilla—. He corrido mucho. Me he escapado de una mamá, un papá, siete niños, un viejo, un gallo, una gallina y un pato. ¿Y quieres que me deje comer por ti?

El ganso se abalanzó sobre ella pero no logró atraparla. La tortilla corría y corría y estuvo a punto de tropezar con un gordo cerdo que dormía al sol.

—Buenos días tortilla —dijo el cerdo, abriendo un solo ojo.

—Buenos días, cerdo —respondió la tortilla sin detenerse.

—¿Por qué tan apurada?

—Para que no me comas.

— ¿Yo? No te preocupes. No me gustan las tortillas. Te convido a dar una vueltecita por ahí. Como la tortilla estaba muy cansada, le pareció una buena idea dar un paseíto con el cerdo. Caminaron y caminaron hasta que llegaron a un río.

—Ahora lo cruzaremos y seguiremos andando al otro lado —dijo el chancho.

—Yo no podré —dijo la tortilla—. Si me mojo y me empapo, me voy al fondo.

—Tienes razón. Entonces súbete a mi lomo. Yo te pasaré a la otra orilla —dijo el cerdo amablemente.

—¡Gracias! ¡Que amable eres! Y diciendo esto, saltó la tortilla al lomo del cerdo. Este torció entonces el cuello, abrió la boca y, de un bocado, se la comió.

Cerdito_que_comió_la_tortilla

Y aquí termina el cuento, porque si ya no hay tortilla, ¿cómo vamos a seguir?

 

El tercer cuento es El pequeño escribiente florentino, de Edmundo de Amicis. Si recordáis, hace unas semanas pusimos otro cuento suyo, El tamborcillo sardo.

El pequeño escribiente florentino

Edmundo de Amicis

 

El_pequeño_escribienteTenía doce años y cursaba la cuarta elemental. Era un simpático niño florentino de cabellos rubios y tez blanca, hijo mayor de cierto empleado de ferrocarriles quien, teniendo una familia numerosa y un escaso sueldo, vivía con suma estrechez. Su padre lo quería mucho, y era bueno e indulgente con él; indulgente en todo menos en lo que se refería a la escuela: en esto era muy exigente y se revestía de bastante severidad, porque el hijo debía estar pronto dispuesto a obtener otro empleo para ayudar a sostener a la familia; y para ello necesitaba trabajar mucho en poco tiempo.

Así, aunque el muchacho era aplicado, el padre lo exhortaba siempre a estudiar. Era éste ya de avanzada edad y el exceso de trabajo lo había también envejecido prematuramente. En efecto, para proveer a las necesidades de la familia, además del mucho trabajo que tenía en su empleo, se buscaba a la vez, aquí y allá, trabajos extraordinarios de copista. Pasaba, entonces, sin descansar, ante su mesa, buena parte de la noche. Últimamente, cierta casa editorial que publicaba libros y periódicos le había hecho el encargo de escribir en las fajas el nombre y la dirección de los suscriptores. Ganaba tres florines por cada quinientas de aquellas tirillas de papel, escritas en caracteres grandes y regulares. Pero esta tarea lo cansaba, y se lamentaba de ello a menudo con la familia a la hora de comer.

-Estoy perdiendo la vista -decía-; esta ocupación de noche acaba conmigo.

El hijo le dijo un día:

-Papá, déjame trabajar en tu lugar; tú sabes que escribo regular, tanto como tú.

Pero el padre le respondió:

-No, hijo, no; tú debes estudiar; tu escuela es mucho más importante que mis fajas: tendría remordimiento si te privara del estudio una hora; lo agradezco; pero no quiero, y no me hables más de ello.

El hijo sabía que con su padre era inútil insistir en aquellas materias, y no insistió. Pero he aquí lo que hizo. Sabía que a las doce en punto dejaba su padre de escribir y salía del despacho para dirigirse a la alcoba. Alguna vez lo había oído: en cuanto el reloj daba las doce, sentía inmediatamente el rumor de la silla que se movía y el lento paso de su padre. Una noche esperó a que estuviese ya en cama; se vistió sin hacer ruido, anduvo a tientas por el cuarto, encendió el quinqué de petróleo, y se sentó en la mesa de despacho, donde había un montón de fajas blancas y la indicación de las direcciones de los suscriptores.

Empezó a escribir, imitando todo lo que pudo la letra de su padre. Y escribía contento, con gusto, aunque con miedo; las fajas escritas aumentaban, y de vez en cuando dejaba la pluma para frotarse las manos; después continuaba con más alegría, atento el oído y sonriente. Escribió ciento sesenta: ¡cerca de un florín! Entonces se detuvo: dejó la pluma donde estaba, apagó la luz y se volvió a la cama de puntillas.

Aquel día, a las doce, el padre se sentó a la mesa de buen humor. No había advertido nada. Hacía aquel trabajo mecánicamente, contando las horas y pensando en otra cosa. No sacaba la cuenta de las fajas escritas hasta el día siguiente. Sentado a la mesa con buen humor, y poniendo la mano en el hombro del hijo:

-¡Eh, Julio -le dijo-, mira qué buen trabajador es tu padre! En dos horas he trabajado anoche un tercio más de lo que acostumbro. La mano aún está ágil, y los ojos cumplen todavía con su deber.

Julio, contento, mudo, decía para sí: “¡Pobre padre! Además de la ganancia, le he proporcionado también esta satisfacción: la de creerse rejuvenecido. ¡Ánimo, pues!”

Alentado con el éxito, la noche siguiente, en cuanto dieron las doce, se levantó otra vez y se puso a trabajar. Y lo mismo siguió haciendo varias noches. Su padre seguía también sin advertir nada. Sólo una vez, cenando, observó de pronto:

-¡Es raro: cuánto petróleo se gasta en esta casa de algún tiempo a esta parte!

Julio se estremeció; pero la conversación no pasó de allí, y el trabajo nocturno siguió adelante.

Lo que ocurrió fue que, interrumpiendo así su sueño todas las noches, Julio no descansaba bastante; por la mañana se levantaba rendido aún, y por la noche al estudiar, le costaba trabajo tener los ojos abiertos. Una noche, por primera vez en su vida, se quedó dormido sobre los apuntes.

-¡Vamos, vamos! -le gritó su padre dando una palmada-. ¡Al trabajo!

Se asustó y volvió a ponerse a estudiar. Pero la noche y los días siguientes continuaba igual, y aún peor: daba cabezadas sobre los libros, se despertaba más tarde de lo acostumbrado; estudiaba las lecciones con desgano, y parecía que le disgustaba el estudio. Su padre empezó a observarlo, después se preocupó de ello y, al fin, tuvo que reprenderlo. Nunca lo había tenido que hacer por esta causa.

-Julio -le dijo una mañana-; tú te descuidas mucho; ya no eres el de otras veces. No quiero esto. Todas las esperanzas de la familia se cifraban en ti. Estoy muy descontento. ¿Comprendes?

A este único regaño, el verdaderamente severo que había recibido, el muchacho se turbó.

-Sí, cierto -murmuró entre dientes-; así no se puede continuar; es menester que el engaño concluya.

Pero por la noche de aquel mismo día, durante la comida, su padre exclamó con alegría:

-¡Este mes he ganado en las fajas treinta y dos florines más que el mes pasado!

Y diciendo esto, sacó a la mesa un puñado de dulces que había comprado, para celebrar con sus hijos la ganancia extraordinaria que todos acogieron con júbilo.

Entonces Julio cobró ánimo y pensó para sí:

“¡No, pobre padre; no cesaré de engañarte; haré mayores esfuerzos para estudiar mucho de día; pero continuaré trabajando de noche para ti y para todos los demás!”

Y añadió el padre:

-¡Treinta y dos florines!… Estoy contento… Pero hay otra cosa -y señaló a Julio- que me disgusta.

Y Julio recibió la reconvención en silencio, conteniendo dos lágrimas que querían salir, pero sintiendo al mismo tiempo en el corazón cierta dulzura. Y siguió trabajando con ahínco; pero acumulándose un trabajo a otro, le era cada vez más difícil resistir. La situación se prolongó así por dos meses. El padre continuaba reprendiendo al muchacho y mirándolo cada vez más enojado. Un día fue a preguntar por él al maestro, y éste le dijo:

-Sí, cumple, porque tiene buena inteligencia; pero no está tan aplicado como antes. Se duerme, bosteza, está distraído; hace sus apuntes cortos, de prisa, con mala letra. Él podría hacer más, pero mucho más.

Aquella noche el padre llamó al hijo aparte y le hizo reconvenciones más severas que las que hasta entonces le había hecho.

-Julio, tú ves que yo trabajo, que yo gasto mucho mi vida por la familia. Tú no me secundas, tú no tienes lástima de mí, ni de tus hermanos, ni aún de tu madre.

-¡Ah, no, no diga usted eso, padre mío! -gritó el hijo ahogado en llanto, y abrió la boca para confesarlo todo.

Pero su padre lo interrumpió diciendo:

-Tú conoces las condiciones de la familia: sabes que hay necesidad de hacer mucho, de sacrificarnos todos. Yo mismo debía doblar mi trabajo. Yo contaba estos meses últimos con una gratificación de cien florines en el ferrocarril, y he sabido esta mañana que ya no la tendré.

Ante esta noticia, Julio retuvo en seguida la confesión que estaba por escaparse de sus labios, y se dijo resueltamente: “No, padre mío, no te diré nada; guardaré el secreto para poder trabajar por ti; del dolor que te causo te compenso de este modo: en la escuela estudiaré siempre lo bastante para salir del paso: lo que importa es ayudar para ganar la vida y aligerarte de la ocupación que te mata”.

Siguió adelante, transcurrieron otros dos meses de tarea nocturna y de pereza de día, de esfuerzos desesperados del hijo y de amargas reflexiones del padre. Pero lo peor era que éste se iba enfriando poco a poco con el niño, y no le hablaba sino raras veces, como si fuera un hijo desnaturalizado, del que nada hubiese que esperar, y casi huía de encontrar su mirada. Julio lo advertía, sufría en silencio, y cuando su padre volvía la espalda, le mandaba un beso furtivamente, volviendo la cara con sentimiento de ternura compasiva y triste; mientras tanto el dolor y la fatiga lo demacraban y le hacían perder el color, obligándolo a descuidarse cada vez más en sus estudios.

Comprendía perfectamente que todo concluiría en un momento, la noche que dijera: “Hoy no me levanto”; pero al dar las doce, en el instante en que debía confirmar enérgicamente su propósito, sentía remordimiento; le parecía que, quedándose en la cama, faltaba a su deber, que robaba un florín a su padre y a su familia; y se levantaba pensando que cualquier noche que su padre se despertara y lo sorprendiera, o que por casualidad se enterara contando las fajas dos veces, entonces terminaría naturalmente todo, sin un acto de su voluntad, para lo cual no se sentía con ánimos. Y así continuó la misma situación.

Pero una tarde, durante la comida, el padre pronunció una palabra que fue decisiva para él. Su madre lo miró, y pareciéndole que estaba más echado a perder y más pálido que de costumbre, le dijo:

-Julio, tú estás enfermo. -Y después, volviéndose con ansiedad al padre-: Julio está enfermo, ¡mira qué pálido está!… ¡Julio mío! ¿Qué tienes?

El padre lo miró de reojo y dijo:

-La mala conciencia hace que tenga mala salud. No estaba así cuando era estudiante aplicado e hijo cariñoso.

-¡Pero está enfermo! -exclamó la mamá.

-¡Ya no me importa! -respondió el padre.

Aquella palabra le hizo el efecto de una puñalada en el corazón al pobre muchacho. ¡Ah! Ya no le importaba su salud a su padre, que en otro tiempo temblaba de oírlo toser solamente. Ya no lo quería, pues; había muerto en el corazón de su padre.

“¡Ah, no, padre mío! -dijo entre sí con el corazón angustiado-; ahora acabo esto de veras; no puedo vivir sin tu cariño, lo quiero todo; todo te lo diré, no te engañaré más y estudiaré como antes, suceda lo que suceda, para que tú vuelvas a quererme, padre mío. ¡Oh, estoy decidido en mi resolución!”

Aquella noche se levantó todavía, más bien por fuerza de la costumbre que por otra causa; y cuando se levantó quiso volver a ver por algunos minutos, en el silencio de la noche, por última vez, aquel cuarto donde había trabajado tanto secretamente, con el corazón lleno de satisfacción y de ternura.

Sin embargo, cuando se volvió a encontrar en la mesa, con la luz encendida, y vio aquellas fajas blancas sobre las cuales no iba ya a escribir más, aquellos nombres de ciudades y de personas que se sabía de memoria, le entró una gran tristeza e involuntariamente cogió la pluma para reanudar el trabajo acostumbrado. Pero al extender la mano, tocó un libro y éste se cayó. Se quedó helado.

Si su padre se despertaba… Cierto que no lo habría sorprendido cometiendo ninguna mala acción y que él mismo había decidido contárselo todo; sin embargo… el oír acercarse aquellos pasos en la oscuridad, el ser sorprendido a aquella hora, con aquel silencio; el que su madre se hubiese despertado y asustado; el pensar que por lo pronto su padre hubiera experimentado una humillación en su presencia descubriéndolo todo…, todo esto casi lo aterraba.

Aguzó el oído, suspendiendo la respiración… No oyó nada. Escuchó por la cerradura de la puerta que tenía detrás: nada. Toda la casa dormía. Su padre no había oído. Se tranquilizó y volvió a escribir.

Las fajas se amontonaban unas sobre otras. Oyó el paso cadencioso de la guardia municipal en la desierta calle; luego ruido de carruajes que cesó al cabo de un rato; después, pasado algún tiempo, el rumor de una fila de carros que pasaron lentamente; más tarde silencio profundo, interrumpido de vez en cuando por el ladrido de algún perro. Y siguió escribiendo.

Entretanto su padre estaba detrás de él: se había levantado cuando se cayó el libro, y esperó buen rato; el ruido de los carros había cubierto el rumor de sus pasos y el ligero chirrido de las hojas de la puerta; y estaba allí, con su blanca cabeza sobre la negra cabecita de Julio. Había visto correr la pluma sobre las fajas y, en un momento, lo había recordado y comprendido todo. Un arrepentimiento desesperado, una ternura inmensa invadió su alma. De pronto, en un impulso, le tomó la cara entre las manos y Julio lanzó un grito de espanto. Después, al ver a su padre, se echó a llorar y le pidió perdón.

-Hijo querido, tú debes perdonarme -replicó el padre-. Ahora lo comprendo todo. Ven a ver a tu madre.

Y lo llevó casi a la fuerza junto al lecho y allí mismo pidió a su mujer que besara al niño. Después lo tomó en sus brazos y lo llevó hasta la cama, quedándose junto a él hasta que se durmió. Después de tantos meses, Julio tuvo un sueño tranquilo. Cuando el sol entró por la ventana y el niño despertó, vio apoyada en el borde de la cama la cabeza gris de su padre, quien había dormido allí toda la noche, junto a su hijo querido.

FIN

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