Cuentos terroríficos…

Ya queda poco para que llegue el día de Todos los Santos o Halloween, por ello las tres próximas semanas compartiremos cuentos de…

¿Os habéis parado a pensar qué os da miedo? ¿En qué pensáis al escribir un relato de terror?

Quizás sea la muerte y sus misterios, o la mente humana, esa gran desconocida, o puede que esos seres extraños que encarnan el mal y vienen para destruirnos…

A partir de este sábado, compartiremos con vosotros cuentos que nos sumergen en esos temas que nos subyugan, que nos van atrapando mientras sentimos una sensación de ahogo, de miedo, de… ¡terrorr!

Además, a partir del próximo lunes, nuestros consejos para escritores también irán enfocados hacia cómo escribir cuentos de miedo, tanto para adultos como para niños.

Y para comenzar, este sábado tenemos dos cuentos, un cuento de un maestro como Edgar Allan Poe, y otro de un autor contemporáneo como Clive Barker.

En este cuento Poe nos sumerge de lleno en el mal. El cuento de Barker nos traslada a un mundo subyacente y oculto que convive con el nuestro…

¿Os gusta los relatos de miedo?  

El gato negro

Edgar Allan Poe

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No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón —tal era el nombre del gato— se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba —pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?—, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla —si ello fuera posible— más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: —¡Incendio!— Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras —¡extraño!, ¡curioso!— y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición —ya que no podía considerarla otra cosa— me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero —sin que pueda decir cómo ni por qué— su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente —muy gradualmente— llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo —quiero confesarlo ahora mismo— por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra…, ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso —pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme— apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: —Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano—.

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

—Caballeros —dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera—, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?… tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

FIN

Como el cuento de Clive Barker es largo (25 páginas) os subo una parte y, a continuación, encontrareis el enlace para descargar el cuento completo.

En las colinas, las ciudades

Clive Barker

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Hasta la primera semana de su viaje por Yugoslavia, Mick no descubrió la clase de fanático político que había elegido como amante. Ciertamente se lo habían advertido. Una de aquellas reinas en los Baños le había dicho que Judd se encontraba a la derecha de Atila el Huno, pero aquel hombre había sido una de las anteriores aventuras de Judd, y Mick supuso que había más despecho que realidad en tal afirmación.

Si le hubiera hecho caso no estaría ahora conduciendo por aquella interminable carretera un Volkswagen, que de pronto le parecía del tamaño de un ataúd, escuchando las teorías de Judd sobre el expansionismo soviético. Jesús, era tan aburrido. No conversaba, daba conferencias, interminables conferencias. En Italia, el sermón había tratado del modo en que los comunistas habían explotado el voto de los campesinos. Ahora, en Yugoslavia, Judd se había entusiasmado con el tema, y Mick estaba a punto de pegarle con un martillo en su terca cabeza.

No se trataba de que él estuviera en desacuerdo con todo lo que Judd decía. Algunos de sus argumentos (los que Mick entendía) parecían bastante razonables. Pero, ¿qué sabía él? Era profesor de danza. Judd era periodista, un erudito profesional. Sentía, como la mayoría de los periodistas que Mick había conocido, que estaba obligado a tener una opinión sobre todo lo que se encontraba bajo el sol. Especialmente en política; era su plato preferido. Podías meter el hocico, los ojos, la cabeza y las patas en aquel charco de porquería y pasar un buen rato chapoteando. Era una inagotable materia que devorar, una basura con un poco de todo; porque todo, según Judd, era política. Las artes eran política. El sexo era política. La religión, el comercio, la jardinería, el comer, el beber, y el tirarse pedos: todo política.

Jesús, era aburrido hasta hacerte estallar la cabeza; criminalmente, agonizantemente aburrido.

Peor aún, Judd no parecía darse cuenta de hasta qué punto aburría a Mick, y si lo hacía, no le importaba. Seguía divagando mientras sus argumentos se hacían más y más pomposos, y sus frases se iban alargando cada kilómetro que avanzaba.

Judd –Mick lo había decidido– era un bastardo egoísta, y tan pronto como su luna de miel acabara, iba a dejarlo.

Hasta su viaje, aquella inacabable caravana sin motivo a través de los cementerios de la cultura centroeuropea, Judd no se dio cuenta de la poca influencia política que tenía sobre Mick. El tipo no mostraba el más mínimo interés en la economía o en la política de los países que habían visitado. Se mostraba indiferente a los detallados hechos que se escondían tras la situación italiana; y bostezaba, sí, bostezaba cuando él intentaba (sin éxito) debatir sobre la amenaza rusa a la paz mundial. Tenía que afrontar la amarga verdad: Mick era una reina; no existía otra palabra para él. De acuerdo en que quizá no era demasiado amanerado al caminar, o no llevaba joyas en exceso; pero, con todo, era una reina, feliz de revolcarse en un mundo de ensueño, repleto de frescos de principios del Renacimiento y de iconos yugoslavos. Las complejidades, contradicciones, incluso las agonías que habían hecho florecer y marchitar las culturas, le aburrían. Su mente no era más profunda que sus miradas; era un don nadie con buena presencia.

¡Vaya luna de miel!

La carretera sur que conducía desde Belgrado a Novi Pazar se encontraba, teniendo en cuenta el nivel yugoslavo, en buen estado. Había menos baches que en la mayoría de las carreteras por las que habían viajado, y era relativamente recta. La ciudad de Novi Pazar estaba en el valle del río Raska; el sur de la ciudad se llamaba como el río. No se trataba de una zona particularmente turística. A pesar del buen estado de la carretera, era bastante inaccesible y carecía de atractivos sofisticados; pero Mick estaba empeñado en ver el monasterio de Sopocani, al oeste de la ciudad, y tras una amarga discusión había vencido.

El viaje había sido tedioso. Al otro lado de la carretera, los campos cultivados parecían secos y polvorientos. El verano había sido inusualmente caluroso, y la sequía estaba afectando a la mayoría de los pueblos. Las cosechas se habían estropeado, y el ganado había sido prematuramente sacrificado para prevenir una muerte por desnutrición. Había una mirada de derrota en las pocas caras que vieron al lado de la carretera. Incluso los niños tenían una expresión austera; las cejas tan espesas como el viciado calor que caía sobre todo el valle. Ahora, con las cartas sobre la mesa tras la discusión que habían tenido en Belgrado, viajaban en silencio la mayor parte del tiempo; pero el trazado rectilíneo de la carretera, como todas las carreteras rectas, invitaba a la discusión. Cuando la conducción era sencilla, la mente buscaba algo para mantenerse entretenida. ¿Y qué mejor que una pelea?

–¿Por qué demonios quieres ver ese maldito monasterio? –preguntó Judd.

Era una invitación inconfundible.

–Hemos recorrido todo ese camino… –Mick intentó conservar un tono tranquilo. No estaba de humor para mantener una discusión.

–Más jodidas Vírgenes, ¿verdad?

Manteniendo la voz tan imperturbable como pudo, Mick cogió la guía y leyó en alta voz:

–… allí se puede ver y disfrutar de algunas de las más grandes obras de la pintura servia, incluida la que muchos críticos consideran la obra maestra de la escuela Raska: El sueño de la Virgen.

Se hizo un silencio. Habló Judd:

–Estoy hasta aquí de iglesias.

–Es una obra maestra.

–Todas son obras maestras, según ese maldito libro.

Mick sintió que perdía el control.

–Dos horas y media como máximo…

–Te lo dije, no quiero ver otra iglesia; el olor de esos sitios me pone enfermo. Incienso pasado, sudor rancio, y mentiras…

–Es un pequeño rodeo; después podemos volver a la carretera y así me podrás dar otra conferencia sobre los subsidios de las granjas en Sandzak.

–Simplemente, intento mantener una conversación decente, en vez de seguir con esas tonterías acerca de las jodidas obras maestras servias.

–¡Para el coche!

–¿Qué?

–¡Que pares el coche!

Judd aparcó el Volkswagen a un lado de la carretera. Mick salió.

Hacía calor pero había una ligera brisa. Respiró profundamente, y avanzó hasta el centro del asfalto. Se encontraba vacía de coches y peatones en ambas direcciones. Vacía en cada dirección. Las colinas resplandecían en el calor entre los campos. Había amapolas salvajes en la cuneta. Mick cruzó la carretera, se puso en cuclillas y cogió una.

Detrás de él oyó el portazo del Volkswagen.

–¿Para qué hemos parado? –dijo Judd. Su voz estaba nerviosa, buscando aún discusión, suplicándola.

Mick permaneció de pie, jugando con la amapola.

Estaba a punto de germinar, aunque la estación estaba bien entrada. Los pétalos se desprendieron del receptáculo nada más tocarlos, pequeñas manchas rojas cayeron balanceándose sobre el gris alquitranado.

–Te he hecho una pregunta –dijo Judd de nuevo.

Mick se dio la vuelta. Judd estaba de pie en el lado más lejano del coche, sus cejas se fruncían dibujando una arruga de cólera incipiente. Pero estaba atractivo; oh, sí; una cara que hacía llorar de frustración a las mujeres cuando se enteraban de que era gay. Tenía un espeso bigote negro (perfectamente arreglado), y unos ojos que podías mirar eternamente y nunca ver en ellos la misma luz dos veces seguidas. ¿Por qué, en nombre de Dios, pensó Mick, un hombre tan guapo tenía que ser una pequeña mierda tan insensible?

Judd le devolvió una mirada desdeñosa, observando cómo aquel bonito muchacho hacía pucheros al otro lado de la carretera. Ver aquella escena que Mick estaba interpretando para él le hacía vomitar. Podía haber sido plausible en una virgen de dieciséis años. En un hombre de veinticinco, carecía de credibilidad.

Mick dejó caer la flor y se sacó la camiseta de los pantalones vaqueros. Un terso estómago primero y un esbelto y plano pecho después quedaron al descubierto mientras se quitaba la prenda. Tras sacar la cabeza, tenía el pelo despeinado y su boca dibujaba una amplia sonrisa. Judd miró el torso. Estaba bien proporcionado, sin demasiada musculatura. Una cicatriz de apendicitis se asomaba bajo sus gastados vaqueros. Una pequeña cadena de oro, brillante bajo el reflejo del sol, colgaba en el hueco de su garganta. Sin quererlo, devolvió la sonrisa a Mick, y una especie de paz se hizo entre ellos.

Mick estaba desabrochándose el cinturón.

–¿Quieres follar? –dijo sin perder la sonrisa.

–Es inútil –respondió, sin contestar a la pregunta.

–¿A qué te refieres?

–No somos compatibles.

–¿Quieres apostar?

Se había bajado la cremallera; se dirigió hacia el trigal que bordeaba la carretera.

Judd observó cómo Mick se envolvía en aquel mar oscilante. Su espalda, del mismo color que el grano, casi se confundía con él. Retozar al aire libre era un juego peligroso; esto no era San Francisco, ni siquiera Hampstead Heath. Judd miró nervioso la carretera. Aún seguía desierta en ambas direcciones. Y Mick se daba la vuelta, hundido en aquel campo, se volvía, sonreía y saludaba como un nadador flotando entre un dorado oleaje. Qué demonios… allí no había nadie que pudiera verlos, nadie que pudiera saberlo. Tan sólo las colinas, liquidas bajo aquella agobiante calina, con sus arboladas laderas inclinadas sobre la tierra; y un perro perdido, sentado al borde de la carretera, esperando algún perdido amo.

Judd siguió la senda de Mick a través del trigal, desabrochando su camisa mientras andaba. Un ratón de campo pasó ante él escabulléndose entre los tallos, mientras el gigante avanzaba por su camino, sintiendo sus pisadas como estruendos. Judd se dio cuenta de su pánico y sonrió. No quería hacerle daño, pero ¿cómo iba él a saberlo? Era posible que acabara con cientos de vidas, ratones, escarabajos, gusanos, antes de llegar al lugar donde Mick estaba tendido, desnudo con la polla tiesa, sobre una cama de grano pisoteado; aún sonriente.

Fue una relación satisfactoria la que tuvieron, buena, fuerte, igual de placentera para ambos; había una precisión en su pasión, sintiendo el momento en que el placer, que llegaba sin esfuerzo alguno, se hacía apremiante; cuando el deseo se convertía en necesidad. Se hicieron uno, miembro con miembro, lengua con lengua, entrelazados en un nudo que sólo el orgasmo podía desatar. Sus espaldas se abrasaban, y se arañaban alternativamente mientras rodaban intercambiando jadeos y besos. En el momento culminante de la situación, mientras se corrían juntos, oyeron el fut-fut-fut de un tractor que pasaba de largo; pero no se preocuparon en absoluto.

Volvieron al Volkswagen con el cuerpo cubierto de trigo, en el pelo y las orejas, en los calcetines, y entre los dedos de los pies. Sus amplias sonrisas se habían convertido en una leve expresión de felicidad. La tregua, si no permanente, al menos duraría unas cuantas horas.

El coche estaba ardiendo debido al calor, por lo que tuvieron que abrir todas las puertas y ventanas para que la brisa lo refrescara antes de reemprender la marcha hacia Novi Pazar. Eran las cuatro en punto y todavía les quedaba una hora de viaje.

Mientras entraban en el coche, Mick dijo:

–¿Olvidamos el monasterio, eh?

Judd se quedó boquiabierto.

–Pensé…

–… Que no podría soportar otra jodida virgen.

Se rieron alegremente. Después se besaron, paladeando en sus bocas una mezcla de saliva y un resto de sabor a semen salado.

El día siguiente era brillante aunque no particularmente caluroso. El cielo no era azul: estaba cubierto por una capa uniforme de nubes blancas. El aire de la mañana tenía un olor penetrante, como éter o hierbabuena.

Vaslav Jelovsek observaba cómo los pichones de la plaza mayor cortejaban la muerte mientras saltaban y aleteaban entre los vehículos que rugían a su alrededor. Algunos eran militares, otros civiles. Se respiraba un aire de sobriedad que apenas podía contener la excitación que sentía en ese día, una excitación que sabía compartida por cada hombre, cada mujer y cada niño de Popolac. Compartido por los pichones también, según veía. Podía ser ésa la razón por la que jugueteaban bajo las ruedas con tal destreza, sabiendo que ese día nada podría causarles daño.

Miró el cielo de nuevo, ese mismo cielo blanco que había estado observando desde el amanecer. La capa de nubes estaba baja; no era lo más idóneo para celebraciones. Una frase le vino a la cabeza, una frase inglesa que había oído a un amigo: «tener la cabeza en las nubes». Significaba, según había sabido, encontrarse absorto en un blanco, ciego sueño. Eso, pensó irónicamente, era todo lo que el oeste sabía de las nubes, que representaban los sueños. Aquel refrán adquiría en esas escondidas colinas un nuevo significado. ¿No se convertían aquellas frívolas palabras en una impresionante realidad? Un refrán vivo.

Una cabeza en las nubes.

El primer contingente ya se estaba reuniendo en la plaza. Había una o dos ausencias debido a enfermedad, pero los auxiliares se encontraban listos, esperando para reemplazarles. ¡Qué ansia! Aquellas amplias sonrisas cuando un auxiliar, hombre o mujer, escuchaba su nombre y número y salía de la fila para unirse al miembro que ya estaba tomando forma. En cada lugar se sucedían los milagros de organización. Todo el mundo tenía un trabajo que hacer y un sitio a donde ir. No había gritos ni empujones: es más, las voces apenas eran un ilusionado susurro. Permaneció observando con admiración cómo el trabajo de establecer las posiciones, de doblarse y atarse se llevaba a cabo.

Iba a ser un día largo y difícil. Vaslav se encontraba en la plaza desde un hora antes del amanecer, bebiendo café en tazas de plástico importadas, hablando de los partes meteorológicos que llegaban cada media hora de Pristina y Mitrovica, y observando cómo la luz del día se filtraba a través de aquel cielo sin estrellas. Estaba bebiendo su sexto café del día, y apenas eran las siete en punto. Al otro lado de la plaza, Metzinger parecía tan cansado y ansioso como Vaslav.

Habían estado observando juntos cómo surgía el amanecer desde el este. Pero ahora se habían separado olvidando su anterior camaradería y no volverían a hablarse hasta que la contienda hubiera acabado. Después de todo, Metzinger era de Podujevo. Tenía que apoyar a su propia ciudad en la inminente batalla. Mañana intercambiarían sus historias y aventuras, ahora debían comportarse como si no se conocieran, sin dedicarse siquiera una sonrisa. Durante el día de hoy tenían que ser totalmente partisanos, preocupándose tan sólo de buscar la victoria de su propia ciudad sobre la contraria.

Para mutua satisfacción de Metzinger y Vaslav, ya se había levantado la primera pierna de Popolac. Una vez realizados todos los controles de seguridad, la pierna abandonó la plaza mientras su inmensa sombra caía inmensa sobre la fachada del ayuntamiento.

Vaslav bebió su dulce, dulce café y se permitió un pequeño gruñido de satisfacción. Qué días. Días llenos de gloria, de banderas ondulantes y aquellas altísimas vistas que revolvían el estómago, suficientes para llenar toda la vida de un hombre. Era un dorado anticipo del cielo.

Que América gozara de sus simples placeres, de sus dibujos animados con ratones, de sus castillos cubiertos de chocolate, de sus cultos y su tecnología, él no quería ninguno de ellos. La más grandiosa maravilla del mundo se encontraba aquí, oculta en las colinas.

¡Ah, qué días!

En la plaza mayor de Podujevo la escena no era menos animada ni menos inspiradora. Quizás había un mudo sentimiento de tristeza subyacente en este día de celebración, pero era comprensible. Nita Obrenovic, la amada y respetada organizadora de Podujevo, ya no vivía. Se la había llevado el invierno anterior, a la edad de noventa y cuatro años, dejando a la ciudad desprovista de sus feroces opiniones y sus aún más feroces proporciones. Durante sesenta años había trabajado con los ciudadanos de Podujevo, siempre planeando la próxima contienda; mejorando los diseños, gastando sus energías en hacer la siguiente creación más ambiciosa y más realista que la anterior.

Ahora estaba muerta, y era amargamente añorada. No es que hubiera desorganización sin ella, la gente estaba demasiado disciplinada para que eso ocurriera; pero iban retrasados, y eran casi las siete y veinticinco. La hija de Nita había ocupado el lugar de su madre, pero carecía de su poder para galvanizar a la gente en la acción. Era, en una palabra, demasiado benévola para llevar a cabo el trabajo que tenía entre manos. Éste requería un líder que fuera mitad profeta, mitad director de circo para engatusar, intimidar e inspirar a los ciudadanos a colocarse en sus lugares correspondientes. Era posible que después de dos o tres décadas, y con unas cuantas batallas sobre sus hombros la hija de Hita Obrenovic diera la talla. Pero hoy Podujevo iba con retraso; los controles de seguridad se descuidaban; los nervios habían reemplazado la confianza de otros años.

Con todo, cuando faltaban seis minutos para las ocho, el primer miembro de Podujevo salía de la ciudad hacia el punto de reunión para esperar a su compañero.

A esa hora, en Popolac, los flancos ya estaban ensamblados y los contingentes armados esperaban órdenes en la plaza de la ciudad.

Mick se despertó puntualmente a las siete, a pesar de que no había despertador en el cuarto austeramente amueblado del hotel Beograd. Se quedó tendido en la cama escuchando la regular respiración de Judd desde su cama gemela al otro lado de la habitación. La pálida luz del día que se filtraba a través de las finas cortinas no animaba a efectuar una salida temprana. Tras unos minutos en que permaneció observando la rajada pintura del techo y un tosco crucifijo colgado sobre la pared opuesta, Mick se levantó y se acercó a la ventana. Era un día triste, como había supuesto. El cielo estaba cubierto y los tejados de Novi Pazar parecían grises y monótonos bajo la deprimente luz de la mañana. Más allá de los tejados podía ver las colinas. El sol estaba allí. Vio rayos de luz acariciando el verde azulado del bosque, invitando a visitar sus laderas.

Hoy quizá fueran hacia el sur, a Kosovska Mitrovica. Allí había un mercado, ¿no?; ¿y un museo? Podían bajar hasta el valle de Ibar, siguiendo la carretera que corría paralela al río, donde las colinas se elevaban salvajes y resplandecientes a cada lado. Las colinas, sí; había decidido que hoy irían a ver las colinas.

Eran las ocho y cuarto.

Hacia las nueve, las partes más importantes de Polac y Podujevo se encontraban casi montadas. En sus lugares asignados, los miembros de ambas ciudades se encontraban listos, esperando unirse a sus torsos expectantes.

Vaslav Jelovsek puso sus enguantadas manos sobre los ojos y examinó el cielo. Las compactas nubes se habían dispersado un tanto en la última hora, ahora había claros en el oeste. Incluso, a intervalos, se asomaban algunos rayos de sol. Quizá no fuera un día perfecto para la batalla, pero era ciertamente adecuado.

Mick y Judd desayunaron tarde hemendeks –tosca traducción de jamón y huevos– y varias tazas de buen café negro. El día se estaba aclarando, incluso en Novi Pazar, y tenían grandes proyectos para aquel día. Kosovska Mitrovica a la hora de la comida y era posible que visitaran el castillo de Zvecan por la tarde.

Sobre las nueve y media salían de Novi Pazar y tomaban la carretera sur hacia el valle de Ibar. El asfalto no estaba en buen estado, pero ni las sacudidas ni los baches podían estropear el nuevo día.

La carretera se encontraba vacía… Leer +

Descarga aquí el cuento completo En las colinas, las ciudades – de Clive Barker

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