Leonardo Padura gana el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015

elhombrequeamabaalosperrosLeonardo Padura (La Habana, 1955) trabajó como guionista, periodista y crítico, hasta lograr el reconocimiento internacional con la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde: Pasado perfecto,Vientos de cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer y La cola de la serpiente, traducidas a numerosos idiomas y merecedoras de premios como el Café Gijón 1995, el Hammett 1997, 1998 y 2005, el Premio de las Islas 2000 y el Brigada 21. También ha escrito La novela de mi vida y El hombre que amaba a los perros, una trepidante reconstrucción de las vidas de Trotsky y Ramón Mercader, traducida a diez idiomas, vendidos sus derechos al cine y merecedora del Premio de la Crítica en Cuba, el Francesco Gelmi di Caporiacco 2010 y, en 2011, el Premio Carbet del Caribe, elPrix Initiales y el Prix Roger Caillois. En 2012 Padura recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba. Herejes, una absorbente novela sobre un cuadro de Rembrandt y una saga judía que llega a nuestros días, confirma al autor como uno de los narradores más ambiciosos e internacionales en lengua española.

Padura dice que la clave para entender su vida es su apego al sentido de la lealtad. El escritor vive en la casa de su padre. “Un día, mi padre nos dijo cómo quería su funeral, los sitios por los que quería que pasase la carroza fúnebre: la casa de su madre, la casa que él construyó, la bodega que abrió con su hermano, la logia masónica que fundó, la estación de omnibús en la que trabajó… ¿Y sabe cuál es la distancia más larga entre esos cinco lugares? 250 metros. A mí cuando me hablan de patria me suena todo un poco abstracto. Pero esos 250 metros son otra cosa”, explicó a EL MUNDO en una entrevista publicada en marzo pasado.

Pero una cosa es eso y otra, vivir en un cascarón. Padura fue a la universidad en los 70, se hizo periodista, embarcó hacia la guerra de Angola, aunque no fuera para combatir sino para hacer algún trabajo administrativo más o menos inocuo, sobrevivió al Periodo Especial y, justo en ese momento de hambre y liptimias colectivas, decidió dejarse de vainas y escribir. Mandó el manuscrito de ‘Máscaras’ al premio Café de Gijón y lo siguiente fue una llamada de Beatriz de Moura para decirle que preparara el pasaporte, que había ganado. Padura recuerda siempre que la editora de Tusquets, su editora de siempre, tuvo que llamarle a casa de los vecinos porque en la suya no había teléfono.

La novela de mi vidaEra 1995 y arrancaba la carrera internacional de Leonardo Padura. ¿Cómo resumirla muy brevemente? Hay dos tipos de libros del escritor habanero. Por un lado, está el ciclo de las novelas de Mario Conde, historias policiales en las que el encanto no está tanto en la trama, como en el paisaje: en torno a Conde y su amigo Carlos está la niebla del desencanto, la pobreza, el humor y la extrañeza de haber crecido en un mundo utópico que, poco a poco, se volvía una ruina.

Y por el otro están los otros libros, aquellos que, un poco injustamente, llamamos serios: ‘La historia de mi vida’, casi autobiográfica, ‘El hombre que amaba a los perros’, sobre el asesino de Trotski; los relatos de ‘Aquello estaba deseando ocurrir’, que cuentan los años de Angola y del periodo especial…

En realidad, las dos familias de libros de Padura cuentan el mismo mundo: el de los cubanos que no saben si irse o si quedarse, porque las dos cosas son una condena en vida.

Y en este punto, el relato de la obra de Padura se vuelve a trenzar con la historia de su vida. Porque entre irse y no irse, Leonardo decidió quedarse. Quedarse para escribir porque tiene la noticia y la sospecha de que ser un exiliado cubano no es una buena condición para la literatura. “El mundo está lleno de escritores cubanos que no escriben”, dijo en la entrevista de marzo. Padura tiene la suerte de que en su cuenta corriente entra dinero llegado de Europa y de América. Corre el rumor de que fue el primer trabajador por cuenta propia de la isla, aunque será difícil demostrarlo. A cambio, ha tenido que mantener una relación de amor-odio, o más bien mal amor-casi odio con la Cuba oficial.

Fuentes:

tusquetseditores.com

elmundo.es

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