Demasiados han vivido, de Dashiell Hammett

Si Edgar Allan Poe es considerado el padre de la novela de misterio y suspense, no cabe duda que quien la consolidó fue el escritor británico Conan Doyle, con su detective Sherlock Holmes, un personaje universal. Después de su éxito vinieron otros autores que introdujeron algunos cambios enriqueciendo aún más la trama, como Gilbert K. Chesterton (Padre Brown, un sacerdote capaz de resolver crímenes y salvar las almas de los delincuentes) y Agatha Christie (Hércules Poirot y Mrs. Marple, versión femenina). 

En Estados Unidos aparece el escritor Dashiell Hammet, con su investigador Samuel Spade, quien ya no es el clásico detective, sino que se trata de un hombre rudo, violento, inmerso en el despiadado ambiente del hampa propio de las grandes ciudades. Por todo ello se le considera el precursor de la escuela americana, también llamada serie negra, de la novela policíaca.

Este fin de semana vamos a disfrutar con el maestro Hammet y su relato, Demasiados han vivido, en el cual encontraremos a su infatigable investigador, Sam Spade. Como es un poco largo, os hemos puesto las primeras páginas y el enlace para descargar el cuento completo.

Demasiados han vivido

Dashiell Hammet

 

La corbata del hombre era tan naranja como una puesta de sol. Se trataba de un individuo robusto, alto y puro músculo. El pelo oscuro con raya al medio y pegado al cuero cabelludo, las mejillas firmes y carnosas, la ropa que ceñía su cuerpo con evidente comodidad, e incluso las orejas, pequeñas y rosadas, adheridas a los lados de la cabeza: cada uno de estos elementos parecía formar parte de los distintos colores de una misma superficie uniforme. Tenía entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años.

Tomó asiento junto al escritorio de Samuel Spade, se echó hacia adelante, ligeramente apoyado en su bastón de caña, y dijo:

-No. Solo quiero que averigüe qué le ocurrió. Espero que no lo encuentre -sus ojos verdes saltones miraron solemnemente a Spade.

Spade se balanceó en el sillón. Su rostro -al que las uves de la barbilla huesuda, la boca, las fosas nasales y las cejas densamente pobladas otorgaban un aspecto satánico que no resultaba del todo desagradable- mostraba una expresión tan amablemente interesada como su tono de voz.

-¿Por qué?

El hombre de ojos verdes habló sereno y seguro:

-Spade, con usted se puede hablar. Tiene la clase de reputación que debe tener un detective privado. Por eso he acudido a usted.

El gesto de asentimiento no comprometió en nada a Spade. El hombre de ojos verdes prosiguió:

-Y estaré de acuerdo con un precio razonable.

Spade volvió a asentir, y respondió:

-Y yo, pero tiene que decirme qué servicio quiere pagar. Quiere averiguar qué le pasó a este… bueno, a Eli Haven, pero no le importa saber de qué se trata.

Aunque el hombre de ojos verdes bajó la voz, su expresión no cambió.

-En cierto sentido, me interesa. Por ejemplo, si lo encontrara y consiguiera mantenerlo definitivamente alejado, estaría dispuesto a pagar más.

-¿Está diciendo que lo mantenga alejado aunque no quiera?

-Ni más ni menos -replicó el hombre de ojos verdes.

Spade sonrió y negó con la cabeza.

-Probablemente esa cantidad mayor no sea suficiente… tal como lo ha planteado -apartó de los brazos del sillón sus manos de dedos largos y gruesos y puso las palmas hacia arriba-. Dígame, Colyer, ¿de qué se trata?

Aunque Colyer se ruborizó, sostuvo su mirada fría e inexpresiva.

-Ese hombre está casado con una mujer que me cae bien. La semana pasada se pelearon y él se largó. Si logro convencerla de que se ha ido definitivamente, cabe la posibilidad de que ella pida el divorcio.

-Me gustaría hablar con ella -declaró Spade-. ¿Quién es Eli Haven? ¿A qué se dedica?

-Es un mal tipo. No da golpe. Escribe poesía o algo por el estilo.

-¿Puede darme más datos útiles?

-No puedo decirle nada que Julia, su esposa, sea incapaz de transmitirle. Hable con ella -Colyer se puso en pie-. Estoy bien relacionado. Es posible que más adelante sepa algo más gracias a mis relaciones.

Una mujer menuda, de veinticinco o veintiséis años, abrió la puerta del apartamento. Su vestido azul pálido estaba adornado con botones plateados. Aunque pechugona, era esbelta, de hombros rectos y caderas estrechas, y se movía con un aire orgulloso, que en otra menos agraciada habría sido presuntuoso.

-¿Señora Haven? -preguntó Spade.

-Sí -la mujer vaciló antes de responder.

-Gene Colyer me pidió que hablara con usted. Me llamo Spade, y soy detective privado. Colyer quiere que busque a su marido.

-¿Lo ha encontrado?

-Todavía no. Primero tengo que hablar con usted.

La sonrisa de la mujer se esfumó. Estudió seriamente el rostro de Spade, facción por facción, retrocedió, abrió la puerta y replicó:

-Claro, adelante.

Se sentaron frente a frente en los sillones de una sala modestamente decorada. Tras las ventanas se veía un campo de juego en el que unos chicos bulliciosos se divertían.

-¿Le dijo Gene por qué quiere encontrar a Eli?

-Me dijo que cabe la posibilidad de que usted reflexione, si llega a la conclusión de que se ha ido definitivamente -la mujer guardó silencio-. ¿Se ha largado así en otras ocasiones?

-Frecuentemente.

-¿Cómo es Eli?

-Cuando está sobrio es fantástico. Y cuando bebe también es agradable, salvo en lo que se refiere a mujeres y dinero -replicó imparcialmente.

-Por lo que parece, es interesante en muchos aspectos. ¿Cómo se gana la vida?

-Es poeta y, como sabe, nadie se gana la vida escribiendo poesías.

-¿Cómo…?

-Bueno, a veces aparece con algo de dinero. Dice que lo ha ganado al póquer o en las apuestas. ¡Yo qué sé!

-¿Hace mucho que están casados?

-Casi cuatro años…

Spade sonrió burlón.

-¿Han vivido siempre en San Francisco?

-No, el primer año vivimos en Seattle, y luego nos trasladamos aquí.

-¿Su marido es de Seattle?

La señora Haven negó con la cabeza.

-Es de un pueblo de Delaware.

-¿De qué pueblo?

-No tengo ni la menor idea.

Spade frunció ligeramente sus pobladas cejas.

-¿De dónde es usted?

-No me está buscando a mí -sonrió ligeramente.

-Se comporta como si así fuera -protestó-. Dígame, ¿quiénes son los amigos de su marido?

-¡A mí no me lo pregunte!

Spade hizo una mueca de impaciencia e insistió:

-Seguro que conoce a algunos.

-Sí. Hay un tal Minera, y un Louis James y alguien a quien llama Conny.

-¿Quiénes son?

-Gente corriente -respondió afablemente-. No sé nada de ellos. Telefonean, pasan a recoger a Eli o los veo en la calle con él. No sé nada más.

-¿Cómo se ganan la vida? Supongo que no serán todos poetas.

La mujer rió.

-Podrían intentarlo. Uno de ellos, Louis James, es… creo que forma parte del equipo de Gene. Sinceramente, no sé más de lo que le he dicho.

-¿Cree que saben dónde está su marido?

La señora Haven se encogió de hombros.

-Si lo saben, me están mintiendo. Aún llaman de vez en cuando para preguntar si ha dado señales de vida.

-¿Y las mujeres que mencionó?

-No las conozco.

Sam miró pensativo el suelo y preguntó:

-¿Qué hacía su marido antes de que empezara a no ganarse la vida con la poesía?

-De todo un poco: vendió aspiradoras, hizo de temporero, se echó a la mar, repartió naipes en una mesa de blackjack, trabajó para el ferrocarril, en industrias conserveras, en campamentos de leñadores, en ferias, en un periódico… hizo de todo.

-Cuando se fue, ¿tenía dinero?

-Los tres dólares que me pidió.

-¿Qué le dijo?

La mujer rió.

-Me dijo que si mientras estaba afuera yo utilizaba mis influencias divinas para hacer travesuras, regresaría puntualmente a la hora de la cena y me daría una sorpresa.

Spade frunció el entrecejo.

-¿Estaban peleados?

-Qué va, no. Hacía un par de días que nos habíamos reconciliado de la última pelotera.

-¿Cuándo se fue?

-El jueves por la tarde, alrededor de las tres.

-¿Tiene alguna foto de su marido?

-Sí.

La señora Haven se acercó a la mesa que había junto a una de las ventanas, abrió un cajón y se volvió hacia Spade con una foto en la mano. Spade observó la imagen de un rostro delgado, de ojos hundidos, boca sensual y frente surcada de arrugas y coronada por una desgreñada pelambrera rubia y gruesa. Guardó la foto de Haven en un bolsillo y recogió su sombrero. Caminó hacia la puerta y se detuvo.

-¿Qué tal poeta es? ¿Es de los buenos?

La mujer se encogió de hombros.

-Eso depende de a quién se lo pregunte.

-¿Tiene alguno de sus libros?

-No -la señora Haven sonrió-. ¿Cree que se ha escondido entre las páginas?

-Nunca se sabe qué pista conduce a algo interesante. Volveré a visitarla. Piense y compruebe si puede decirme algo más. Adiós.

Spade bajó por la calle Post hasta la librería Mulford y pidió un ejemplar de los poemas de Haven.

-Lo siento, pero ya no quedan -dijo la empleada-. La semana pasada vendí el último -sonrió- al mismísimo señor Haven. Si quiere, puedo pedirlo.

-¿Lo conoce?

-Solo por haberle vendido libros.

Spade apretó los labios y preguntó:

-¿Cuándo fue? -entregó su tarjeta a la empleada-. Por favor, es muy importante.

La muchacha se acercó a un escritorio, volvió las hojas de un libro de contabilidad encuadernado en rojo y regresó con éste abierto en las manos.

-Fue el miércoles pasado -respondió- y se lo entregamos al señor Roger Ferris, del 1981 de la avenida Pacific.

-Muchísimas gracias -dijo Spade.

Salió de la librería, llamó un taxi y dio al chofer las señas del señor Roger Ferris.

La casa de avenida Pacific era un edificio de piedra gris, de cuatro plantas, que se alzaba detrás de un estrecho jardín. La estancia a la que una criada de cara regordeta hizo pasar a Spade era amplia y de techo alto.

Aunque Spade tomó asiento, en cuanto la criada se retiró, se levantó y recorrió la sala. Se detuvo ante una mesa en la que había tres libros. Uno tenía en la sobrecubierta de color salmón, impreso en rojo, el bosquejo de un rayo que caía a tierra, entre un hombre y una mujer. En negro figuraba: Luces de colores, de Eli Haven.

Spade cogió el libro y volvió a la silla.

En la guarda había una dedicatoria escrita con tinta azul y con letras de trazos gruesos e irregulares:

Al bueno de Buck, que conoció las luces de colores, en recuerdo de aquellos tiempos.

Eli

Spade volvió las páginas al azar y leyó tranquilamente un poema:

Demasiados han vivido tal como vivimos
para que nuestras vidas sean prueba de nuestra vida.
Demasiados han muerto tal como morimos
para que sus muertes sean prueba de nuestra agonía.

Spade apartó la vista del libro cuando en la sala entró…

Descarga el cuento completo   Demasiados han vivido, de Dashiell Hammet

Fuente

Samuel Dashiell Hammett (1894 – 1961) fue un escritor estadounidense de novela negra, cuentos cortos y guiones cinematográficos, además de activista político. Entre los personajes más recordados que creó se encuentran Sam Spade (El halcón maltés), la pareja de detectives Nick y Nora Charles (El hombre delgado) y el agente de la Continental (Cosecha roja). También escribió bajo los seudónimos de Peter Collinson, Daghull Hammett, Samuel Dashiell y Mary Jane Hammett.

Dashiell Hammet

Las obras de Hammett fundaron un nuevo subgénero literario, la novela negra, sublimando el popular hard boiled. Su ejemplo trascendió e importantes escritores reconocieron su influjo, como Ernest Hemingway, Raymond Chandler o el francófono Georges Simenon. Aparte de crear la mayoría de las iconografías, personajes y esquemas argumentales del género, utiliza un estilo lacónico e impresionista que selecciona pocos pero significativos detalles para que el lector vaya construyendo su propia imagen de personajes y ambientes. Otra señal distintiva es su realismo: conoce profundamente la materia de la que escribe, y la corrupción que late en el interior de la sociedad norteamericana en un ambiente noqueado por el crack del 29 y la Gran Depresión en que publicó sus principales obras, lo que inspira el profundo pesimismo que invade en general a sus figuras, y, aunque hoy puedan parecer tópicas algunas de las situaciones que expone, en su tiempo eran novedad y es la repetición machacona de sus discípulos la que ha hecho posible tal confusión. Por otra parte, al contrario que otros novelistas policíacos, especialmente los de escuela inglesa, no le interesan las argucias del crimen, sino lo ético, lo humano y lo social que se ven comprometidos por este fenómeno.

En 1931 Hammett se embarcó en una relación amorosa que duraría treinta y tres años con la dramaturga Lillian Hellman. Escribió su última novela en 1934. Hammett falleció en el Hospital Lennox Hill en Nueva York, debido al cáncer de pulmón que le había sido diagnosticado dos meses antes. Como veterano de las dos guerras mundiales, fue enterrado con honores en el Cementerio Nacional de Arlington.

La Asociación Internacional de Escritores Policíacos otorga anualmente el Premio Internacional de Novela Dashiell Hammett durante la Semana Negra de Gijón a la mejor novela policíaca escrita en español.

Fuente

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6 comentarios en “Demasiados han vivido, de Dashiell Hammett

  1. Reblogueó esto en Letras Noctámbulasy comentado:
    La novela gótica es, junto a la ciencia ficción, mi genero favorito de literatura. Resolver el misterio es algo que me gusta hacer y a veces me tomo el papel del personaje del cuento. Las novelas de suspenso donde el protagonista debe resolver los acertijos son la mejor forma de entretener y poner a trabajar las neuronas. Desde Poe hasta Hammett nos han brindado la oportunidad de conocer ávidos investigadores. Pero faltaría considerar a Robert Lagdon de Dan Brown, cuyo conocimiento de la simbología nos enseña que la mejor forma de esconder un secreto, es hacerlo a simple vista. Gracias a la página de AEN por compartir este cuento.

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