Días de cuento… Furufuhué

Este fin de semana en Días de cuento, queremos compartir un cuento especial. Se titula Furufuhué, y su autora es Felicitas Rebaque. Este cuento forma parte de un libro de cuentos titulado «La Navidad cuenta».

Como estamos a pocos días de que comiencen las fiestas navideñas hemos elegido una historia diferente, un cuento que nos muestra una realidad, la que viven muchas personas en su día a día.

Felicitas RebaqueFelicitas Rebaque de Lázaro (Tudela de Duero, Valladolid 1955). Desde muy niña siente inclinación por la lectura y la escritura, colaborando en su período educativo en todas las actividades literarias que se proponen en los centros en los que estudia. Diplomada en Magisterio y en Enfermería, desarrolla su actividad profesional en el campo de la Pediatría.
Su interés por el mundo del periodismo y de la comunicación le lleva a publicar diversos artículos de opinión en periódicos como El Mundo de Valladolid y El Comercio. Ha colaborado en revistas literarias como Y Latina o Revestidos. Fue delegada de la Asociación de Escritores Noveles en Valladolid. En 2008 publica La libélula, una recopilación de trece relatos. En 2011 publica su primera novela El latido del agua (Editorial Everest). En 2014 publica en versión digital el cuento Espantapajarón (Editorial Leer-e 2006).

Blog de la autora Entre la soledad y el aplauso

Y ahora nos sumergimos en el cuento…

El Furufuhué

Le sonaban las tripas. Esa noche no era el hambre lo que le impedía conciliar el sueño. Se dio la vuelta muy despacio para no despertar a Graciela, que dormía junto a él despreocupada y tranquila. Su mamá no había regresado aún. Las agujas brillantes del reloj de pared marcaban las dos y cuarto. Nunca les había dejado solos por la noche. Nunca. Hasta el día que habló con Mario. Pablo no había logrado borrar de su mente las palabras que se filtraron a través de la pared húmeda y fría que separaba la suya de la habitación en la que vivía Mario.

discutiendo parejaUna vez más, volvió a oír la voz suplicante de su madre:

—Sabes que hago limpias de la mañana a la noche. Acá tengo dos niños que alimentar y he de mandar plata a mis otras dos hijas que quedaron en mi país… Dame un poco más de tiempo y te pagaré todo lo que te debo.

—Me pides imposibles. Vivimos cinco familias en este piso. Todos nos conocemos. Si hago una excepción contigo los demás se enterarán y se me echarán encima. Tienes que pagar el alquiler o tendrás que dejar la habitación.

—No puedes hacerme esto. Buscaré más casas, trabajaré más horas. Dame un par de semanas, por favor.

—No. Como tarde, el lunes. Ya te he dicho la forma de ganar plata, fácil y rápido. Tienes un cuerpo precioso y una cara agradable.

—No, eso nunca. No quiero acabar como mi hermana.

—Pues piénsatelo. No tienes otro camino. Yo te proporcionaría los clientes. Pronto conseguirías lo suficiente para tener tu propio piso. Tu hijo y tu sobrina vivirían mejor. Podrías traerte también a las otras niñas, al resto de tu familia.

—No, Mario. De verdad. No puedo hacer lo que me pides.

—No sé por qué te asusta tanto. Conmigo no te hagas la santita. Se oye por ahí que Pablo no tiene papá reconocido. (Una bofetada quedó clavada en el aire y a continuación otra, como eco de la primera).

—Zorra. No vuelvas a hacerlo. ¿Entiendes? No vuelvas a hacerlo o te arrepentirás mientras vivas. Te doy de plazo hasta el lunes. O aceptas mi propuesta y me pagas, o coges tus miserias y te largas a la puta calle.

niño triste ventanaEse día Pablo lloró como no lo había hecho nunca. El hambre. Las voces arañaban más que el hambre. Puso una mano en el estómago y sacudió la cabeza para que las palabras salieran. Pero se le habían quedado grabadas como la cicatriz de una quemadura a la piel. Cuando logró silenciarlas se levantó y caminó hasta la ventana. La Virgen con el Niño en brazos, San José, la mula y el buey, se mantenían en papel sobre el cristal helado. Apoyó la frente. Hacía mucho frío.

Fuera, la noche estaba muy negra y muy quieta. Silencio.

Dentro tampoco se escuchaba nada. Ni la respiración sosegada de Graciela, ni el zumbidito de la nevera, ni el tic tac del reloj.

Nada. Noche de Paz, Noche de amor… Después de cenar su mamá se había ido a trabajar. Abrió la ventana sin hacer ruido. El viento helado del nordeste le revolvió el pelo y le azotó la cara con su áspera caricia. Agudizó el oído, pero no oyó nada. Ni siquiera el eco de pasos sobre el adoquinado de los que regresaban a sus casas después de cenar con sus familias. Parecía que a todos los sonidos del mundo se los hubiera tragado el silencio. Miró al cielo. Tampoco había estrellas. Las únicas de colorines que parpadeaban eran las del árbol de Navidad de la confitería de la esquina.

Las dudas de los últimos días volvieron, y con ellas la angustia y la inquietud. ¿Y si tía Nora no venía a por Graciela?

niño JesúsSe lo había pedido al Niño que le sonreía dulce desde el pesebre, en el nacimiento grande que habían puesto en la escuela. Se lo había pedido también a su tía:

“Tía Nora, te prometí que cuidaría de mamá y de Graciela. Sabes que hace cinco meses ya que llegamos acá. Mamá trabaja pero no gana lo suficiente para pagar el alquiler, comprar comida y mandar dinero a mis hermanas. Todos sus ahorros se los gastó en el viaje, y ya no le queda nada. Graciela está muy arrugadita; se pasa el día llorisqueando y quiere regresar a nuestro país, con la abuelita. Yo creo que no podrá, a no ser que se produzca un milagro. Tú decías que los milagros suceden cuando se desean con todas las fuerza del corazón. Y Graciela dice que sí puede. Pero tengo miedo, tía, mucho miedo. La ayudarás, ¿verdad?”.

Su plegaría salía de su corazón a través de las lágrimas y del vaho de su aliento que se congelaba como agujas de hielo en el frío de la noche. Todavía se quedó un rato más por si le llegaba una respuesta. Cuando comenzó a tiritar cerró la ventana.
Sus tripas se volvieron a quejar. Abrió el frigorífico y miró dentro. Lanevera luz fría iluminó la habitación e hizo visibles los enseres que ocupaban el cuarto: dos camas, un armario cojo, sin luna, y un desvencijado y viejo sofá. Desde un pequeño televisor les entraba una realidad ajena e irreal. Junto a la ventana, la mesa camilla donde hacía sus deberes mientras Graciela pintaba pájaros enormes con el cuerpo cubierto de escamas que volaban por cielos de colores.
Comió la mitad de una loncha de jamón reseca y regresó a la cama. Se acurrucó al lado de su prima. Le reconfortó su tibieza. Acarició sus rizos y le tranquilizó su tacto suave y sedoso.

Muchas tardes, después de volver del colegio, Pablo le hacía trencitas con lazos de colores mientras jugaban a adivinar palabras. Pero Graciela estaba triste. Sus ojos color miel se habían cubierto de niebla y se iban apagando como una lamparilla de iglesia. Al poco de llegar se había negado a comer. Volvió a mojar la cama. Por la noche tenía pesadillas y se despertaba gritando. “Síndrome de adaptación” —diagnosticó el médico—,  ya se le pasará.

niña osoLas pesadillas se fueron desde que dormía con Pablo, pero muchas tardes lloraba en silencio mientras dibujaba sus pájaros en su cuaderno goteado como de lluvia. Una de esas tardes dijo a Pablo:

—Voy a regresar a casa.

—No puedes, primita —le había replicado Pablo—. Eres demasiado pequeña para viajar sola; además no hay plata para el billete. Deja de pensar en eso. Aquí vamos a estar muy bien.

—Yo sí puedo.

—¿Que tú sí puedes? Pues ya me dirás cómo.

Graciela dejó de llorar. Miró a Pablo sorprendida, como si la pregunta que le acababa de hacer fuera muy tonta.

—Pues ¡volando! —le contestó, extendiendo los brazos como si volar fuera la cosa más natural del mundo.

furufuhue—¿Volando? ¿Cómo que volando? Te he dicho que no hay dinero para el avión.

—Es que no voy a ir en avión. Vendrá a buscarme el Furufuhué*. La abuela siempre lo dice: si eres muy buena, el Furufuhué te lleva a donde quieras. Sólo tienes que llamarlo fuerte, fuerte. Desde dentro. Pero no se lo digas a nadie. Tu mamá no me dejará.

—¡Pero estás loca Graciela! Tú no puedes volar. Eso sólo pasa en los cuentos.
—Yo sí puedo. Tú sólo tienes que auparme a la ventana.

Pablo en un principio se había olvidado del Furufuhué. Estaba demasiado preocupado por su madre. Lamentaba no ser lo suficiente mayor para trabajar. Tenía que evitar como fuera que la ocurriese lo mismo que a tía Nora. No, no quería escuchar en la escuela: tu madre es una puta. Y tener que agachar la cabeza y apretar fuerte los puños. O saldar la ofensa a puñetazos. No, él no vería a su mamá consumida por el sida y por el trato de los malos clientes. No. Él no iría al entierro de su mamá, como Graciela. ¡Menos mal que cuando ocurrió era demasiado pequeña!

Pensaba y pensaba sin encontrar la manera de poder ayudarla; hasta que una noche, mientras intentaba dormir, se abrió paso entre sus pensamientos la voz dulce de Graciela: vendrá a buscarme el Furufuhué. Intentó no pensar en eso, pero la voz de su prima se hacía cada vez más fuerte, hasta que ocupó toda su mente: vendrá a buscarme el Furufuhué.

¡No! —había gritado asustado, sentándose de golpe en la cama.

Cuando apaciguó su respiración se volvió a recostar. Y… ¿por qué no? Si Graciela se iba, su mamá no necesitaría tanto dinero y podría dejar de trabajar por las noches. Él ayudaría después de la escuela en lo que fuera. Si Graciela saltaba desde la ventana se iría al cielo. Y allí estaría bien y sería feliz para siempre junto a Tía Nora. Sí, esa era la única solución. El corazón se le estrujó en el pecho.

—Te auparé —le había dicho esa misma tarde, mientras esperaban a su madre para cenar.

dulcesEn la televisión, árboles de Navidad adornados con bolas brillantes, regalos, juguetes, turrones, música de villancicos “el camino que lleva a Belén…ropo pon pon…”. Extraña manera de celebrar el nacimiento de quien nació tan pobre, pensó Pablo. Mamá había partido en pequeños trocitos las tabletas de turrón que le habían dado en la parroquia. Así duraban más.
Graciela, ajena, pintaba cielos de nubes de colores y pájaros de alas grandes y escamosas, como si fueran peces voladores que se estrellaban en un rayado mar azul marino.

—¿Cuándo será?

—Mañana, que es Navidad. —Graciela le miró, sonrío y siguió pintando.
Pablo se revolvió inquieto en la cama. Se había levantado un fuerte viento que hacía oscilar la luz que entraba de la calle.

Silbaba el aire. O… ¿silbaba el Furufuhué? Tiritaba de frío. Gotas de sudor le resbalaban por la cara. Sudor y lágrimas. En el pecho una enorme piedra no le dejaba respirar. Y de nuevo interpeló a su tía… no se te olvide. ¡Por favor! Ella cree que será el Furufuhué, como en los cuentos. Dice que la pondrá sobre sus enormes alas y la regresará a casa, con la abuela. Pero yo sé que eso no va a ocurrir, y cuando ella brinque… Será mañana.

Se sobresaltó al sentir que alguien le zarandeaba. Al final se había dormido. Su madre yacía vestida sobre su cama. No la había sentido llegar. Su prima le miraba sonriente: Ya es mañana.

niña ventanaApenas había amanecido, y el sol de invierno entraba tímido en el cuarto. Sin decir palabra se dirigieron los dos a la ventana. Pablo la abrió sin ruido. Ayudó a subir a Graciela a la mesa y a sentarse en la poyata de la ventana. Cerró rápido tras ella. Un tambor golpeaba frenético en su cabeza al mismo ritmo que su corazón. Graciela volvió la cara y le miró tras el cristal. Sonreía feliz. Pablo sintió un roto por dentro. Controló el temblor de su mano. Muy despacio bajó la persiana.

Horas más tarde, Pablo entró de puntillas en la habitación 206 de la sala infantil del hospital. Graciela muy pálida, en una cama blanca, parecía dormir. Apenas abultaba bajo las mantas y las bolsas de agua caliente que le aportaban el calor necesario para remontar una grave hipotermia. Unos cables salían desde uno de sus brazos hasta un frasco colgado de un perchero metálico. Pablo se acercó a la niña y la cogió de la mano; una mano lánguida, fría, como de muerta. Asustado la destapó ligeramente hasta que se cercioró de que las sábanas bajaban y subían levemente con su respiración. Se inclinó sobre ella y la besó en la frente.

niña-enferma-en-camaExplotó en lágrimas. En un susurro preguntó a su prima:
—¿Qué pasó, por qué no saltaste? ¿No vino el Furufuhué?
Graciela abrió los ojos. Unos ojos de persona mayor.
—Tuve miedo.

* FURUFUHUÉ: ente mitológico vinculado con el viento. Se le describe como un pájaro cuyo cuerpo está cubierto de escamas refulgentes en vez de plumas, y que sólo puede ser visto a contrasol. Nadie sabe dónde anida ni de dónde viene, pero explican que su potente silbido puede oírse en cualquier lugar de la Tierra.
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Un comentario en “Días de cuento… Furufuhué

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