Al filo de la tiniebla, José Ramón Sales

Al filo de la tiniebla de José Ramón SalesLeer el primer capítulo de una obra puede servirnos para descubrir una historia, para engancharnos y desear el plato entero.

Abrimos un nuevo rincón donde cada semana desvelaremos el primer capítulo de una novela.

Estamos seguros que más de una te enganchará

Comenzamos con el primer capitulo de la novela de José Ramón Sales, Al filo de la tiniebla.

I

LA MIRADA DEL SÁTIRO

El aire expandía el eco de los sollozos atrapando el silencio de los corredores, quebrando la negrura y el vacío que almacenaban. El lamento viajaba como una sutil brisa, recorriendo los pasadizos torpemente iluminados por una desmayada luz, cuyo severo haz apenas dejaba entrever los pequeños cuerpecillos que se movían entre las brechas de las paredes, o reptaban por los suelos.

A menudo el mal se esconde, anidando en silos de abismal profundidad. Allí, éste crece y conspira, reinventando su grotesca esencia, proyectando su engendro en evos de insondable maldad. Una atroz pesadilla que los hombres no aciertan a comprender, justificándola con fríos cálculos y reprobables argumentos.

Sombra entre las sombras, la más oscura de las almas se movía por el laberinto de terror, guiado por la mortecina luz de la aceitera en su mano y la lejana desdicha, cuyo desapacible sonido aceleraba los latidos de su corazón. La figura se movió con deliberada lentitud entre las tinieblas de los angostos túneles, acercándose a la fuente de los desventurados gemidos. A punto de entrar en el lóbrego resplandor de la estancia, se colocó la máscara.

La muchacha contempló la figura con pánico. Entre aquellas cuatro paredes, la imagen de la aterrorizada y semidesnuda joven tembló de arriba abajo, retrayéndose hacia el muro a su espalda. Los eslabones de la cadena, asiendo la argolla en su ensangrentado tobillo, produjeron un agudo sonido, interrumpiendo el continuo sollozo.

De entre un millón de millones de lágrimas, éstas eran, sin duda, las más sentidas El rictus de la dorada máscara se asemejó a la de su portador, que contempló a la frágil y encantadora joven con verdadero deleite, mientras alargaba hacia ella una escudilla con algo de sopa fría. La muchacha se apretó aún más contra la piedra. Su llanto enmudecido había dejado paso al verdadero miedo, trasluciendo una mueca de terror.

El Sátiro le hizo un ademán, instándola a comer; pero su petición no tuvo respuesta,  y su pie, furioso, se estrelló contra el suelo, conminándola en silencio. La chica se arrastró torpemente, suplicando.

—¡Por favor, por favor, no me hagas daño! —imploró con voz quebrada.

Los ojos centellearon tras la máscara.

—¡No me hagas daño, te lo suplico! ¡Haré cuanto me pidas! —exclamó entre nuevos sollozos. Sin dejar de mirar a la impasible figura, sus manos temblorosas se extendieron hacia la escudilla. Él la miró complacido, saboreando cada uno de aquellos instantes, contemplando la fragilidad, el desamparo y el dolor de la persona que tenía bajo su dominio. Y su júbilo era aún mayor cuando alcanzaba aquella cota. El momento en que, tras el miedo, llegaba la negociación.

—¡Haré todo lo quieras; pero no me hagas daño! —volvió a pedir la joven, totalmente envarada. Su rostro, convulso y sucio, miraba a su enmudecido guardián esperando una respuesta.

El Sátiro asintió con la cabeza, señalando una vez más la comida, y la cautiva se abalanzó sobre… Sigue leyendo

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