El Sonido del Silencio, relato finalista en el XII Certamen Literario Vargas Llosa NH de Relatos 2007, por Eduard Pascual García, socio de la AEN.

Nos alegra mucho felicitar a otro socio por haber sido finalista en el XII Certamen Literario Vargas Llosa Nh de Relatos 2007. El relato finalista se titula, El Sonido del Silencio, y su autor es Eduard Pascual García.

¡FELICIDADES!

Este es el relato finalista:

El Sonido del Silencio, por Eduard Pascual García.

La luz permite que podamos ver las cosas, de igual modo que el aire nos transmite el sonido hasta nuestro oído. Lo que percibimos ocurre en nuestro interior, así como la transformación de esos impulsos nerviosos en sensaciones a nuestro cerebro.

Compartía una pequeña habitación junto con mi hermano pequeño. No solo nos separaba un año y medio de edad, también lo hacía un metro y medio de espacio y la más absoluta de las oscuridades. A los siete años la oscuridad da miedo, a mi me parecía exquisitamente misteriosa porque solía estar rodeada de silencio.

Ocurrió una de tantas noches, la habitación a oscuras, mi hermano en su cama, yo en la mía y el resto de la familia en sus respectivas habitaciones. Desperté al oír un siseo de fondo metálico, era un sonido muy débil en medio de la oscuridad y el silencio. Llame a mi hermano muy flojito, para no despertar a nadie más. No contestaba y mi piel de niño pequeño se lleno de gotitas de sudor frío. La habitación se movía y creí estar soñando. Mi hermanito despertó cuando yo había perdido la cuenta de las veces que lo había llamado susurrando su nombre entre ahogados sollozos. Algo hacia girar el piso de apenas 70 metros cuadrados donde vivíamos, algo que sonaba como un silbido muy flojito pero claramente perceptible. A regañadientes tuve que aceptar la versión de mi hermano: la habitación no se movía, y nadie ni nada silbaba cerca de nosotros. Sin embargo seguí escuchando por un rato largo mientras viajaba en la oscuridad a través de la pequeña habitación.

Las noches se sucedieron hasta casi olvidar por completo la pesadilla. Apenas habían pasado unos meses cuando la experiencia se repitió de nuevo, solo que esta vez no avisé ni desperté a nadie. Me hice fuerte hasta que el mundo se paró de nuevo, que lo hizo. Sin embargo el siseo se quedo conmigo. Lo escuche cantar largas horas hasta que la luz del sol trajo el nuevo día y el bullicio espanto el sonido de la noche. Acabe por entender que Dios me había otorgado el Dón de poder escuchar el silencio, algo que nadie más podía oír.

Luche por oírlo a todas horas, y me regocijaba de poseer un secreto que no compartía con nadie. Sin embargo había empezado a observar que no podía participar de algunos juegos inocentes, como el juego del teléfono, en el que cada jugador debía escuchar una pregunta realizada en el oído a modo de susurro y responder lo mejor que pudiera, acabando el juego mezclando preguntas y respuestas y riendo en conjunto los disparates que salían de mezclar unas palabras con otras.

Con los años, la familia empezó a tacharme de sordo porque no atendía adecuadamente a cuanto se me pedía u ordenaba. Acabe por darme cuenta que el sonido del silencio, como llamaba amorosamente a ese misterioso Dón de escuchar silbar a la oscuridad, era el causante de que no entendiera bien algunas palabras. Entonces acudí con el secreto a mi padre.

La temprana edad de la adolescencia provoco que planteara erróneamente el problema que me acuciaba desde muy niño. Le hable a ese hombre, cansado de trabajar para sacar la familia adelante, del sonido que tenia el silencio. Tuve que explicarle varias veces y de diferentes modos que su hijo, yo, era capaz de escuchar el silencio, que el silencio absoluto no existía. Trate de imitarle, silbando varios tonos, lo que era capaz de oír cuando ya nadie oía nada de nada. Él rió y me aseguro que eso era cosa de la pubertad y ahí acabo nuestra conversación.

Cogido por sorpresa en verano del ochenta y algo, caí al toque de claxon de un camión que pasaba junto a mí. No hubo desmayo pero era incapaz de tenerme en pie porque la tierra había acelerado su giro gravitacional, el sonido del silencio se hizo tremendo y estuve seguro de que el final de los días había llegado. Mi mundo se desmoronaba por dentro, desde dentro de mí. La gente que se acercaba para ver que me pasaba me miraba de forma relativamente tranquila. Los veía mover la boca y gesticular. Hubo quien decidió levantarme las piernas y algún otro me dejo con el pecho al aire. Una señora mayor me ventaba con un pañuelo de colores mientras yo seguía perdiendo la compostura hasta el punto de vomitar y mi agonía, pero de forma muy sólida. Recuerdo que pensé que la gente estaba loca, que el mundo se moría y ellos no se daban cuenta, que y era el único que parecía enterarse de la catástrofe que ocurría a nuestro alrededor. Cerré los ojos y me abandone a la suerte que tuviéramos que correr, aunque fuera yo el único que yacía en el suelo.

Unas horas más tarde abrí los ojos en una sala de paredes blancas y cortinas azules. Unos individuos me metían algo por el oído derecho y por la nariz. Joder! Eran médicos y aquello parecía un hospital!! Sus voces estaban amortiguadas por una extraña presión y, el maldito ya, sonido del silencio. Me interrogaron y me explicaron que había sufrido una crisis de vértigo que trataban de esclarecer. Me realizaron varias pruebas y los días que siguieron el sonido volvieron a su lugar original. El mundo, tal y como yo lo conocía aun no se había acabado.

La contundencia de la noticia salió de boca de un otorrinolaringólogo de la Seguridad Social: me estaba quedando sordo, y lo que yo llamaba “el sonido del silencio”, no solo no era un Dón, sino que era una maldición. La cosa parecía muy clara, yo había perdido un poco de audición, pero habría más perdidas con el tiempo. Tome pastillas, conciencia de la situación y mucha paciencia, tanto de todo que llegue a pensar que todo aquello había sido un cuento mal explicado que había quedado latente en mi subconsciente, porque por años el problema no se reprodujo mas que por un molesto zumbido en el oído izquierdo.

El fin de un año traía consigo el comienzo de uno nuevo, así pasa la vida en el mundo de los mayores. Y así fue como el problema volvió a aparecer de igual modo en el año 1998, solo que esta vez ya no se aparto de mi y yo ya no era un crío que creyera en el sonido del silencio, ni en que un vértigo podía significar el fin de los días, aunque si el fin de la vida tal cual yo la conocía.

Hoy, cuando rozamos la mitad del año 2006, tengo una perdida irreversible de casi el 100% de ambos oídos. Los restos auditivos me permiten aprovechar los audífonos que uso desde que todo volviera a empezar, y que renuevo cada 5 o 6 años. La vida a mi alrededor carece de matices sonoros que me han enseñado a vivirla de forma diferente, de un modo que me resulta tolerable en medio de una sociedad imperfecta que se ha fabricado un entorno para personas perfectas.

Eduard Pascual

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3 comentarios en “El Sonido del Silencio, relato finalista en el XII Certamen Literario Vargas Llosa NH de Relatos 2007, por Eduard Pascual García, socio de la AEN.

  1. Mi enhorabuena al autor, porque el cuento es muy tajante, muy claro y directo. Eso es difícil de conseguir. Mi pregunta es la siguiente, las faltas de ortografía (de tildes) son un problema de la transcripción informática o forma parte del original? Si es así, me da un poco de pudor que un cuento con faltas ortográficas haya quedado en tan buen puesto en un certamen de tanta importancia por muy bien escrito que esté ¿no?

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  2. He leído con gratitud un cuento magnífico. ( pareciera salido de la vida real, si no me ecuivoco). Ma ató a seguirlo hasta el fin desde el primer renglón que leí, estupendamente bien redactado, una lectura que me dejó, a mi como lectora, meterme dentro de la situación que explicaba, viendo casi la carita del niño, de la familia, del rededor que describe.
    Ha sido un gusto muy grande poder tener acceso a un cuento tan bien escrito como este.
    Mis felicitaciones.

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