Crónica diaria del XI Salón del Libro Iberoamericano de Gijón, por José A. Jarne.

 

Comenzamos por el primer día, 7 de mayo.

EL ABRAZO

 

 

            Ayer se inauguró en Gijón una nueva edición del Salón del Libro Iberoamericano, que este  año rinde un más que merecido homenaje al Medio Ambiente.

 

            Como de costumbre, desde primera hora de la mañana el patio interior del Centro Cultural Antiguo Instituto comenzaba a rezumar olor a libros. Las cajas de libros, aún precintadas y perfectamente ordenadas, iban y venían de mostrados a mostrador esperando su apertura para perfumar el ambiente.

 

            A media mañana, el alma mater de este veterano encuentro, el insustituible Luis Sepúlveda aparecía tibiamente para revisar que los últimos eslabonazos de la organización de este clásico gijonés discurrían sin incidencias de ninguna clase. Las tropas de la concejalía de cultura y su tropa iban y venían, muy pendientes de que nada ni nadie perturbará el desarrollo de los acontecimientos que empezaban.

 

            Y los más pequeños hicieron acto de presencia. Manda la tradición: que los más pequeños visiten el Salón significa que participen de sus actividades. Y eso enriquece, y mucho. Siempre es positivo observar la bella estampa de un niño junto a un libro. A las vez que estos ilustres visitantes, otros no menos insignes también lo hacían. Y me refiero por ejemplo a autores de la talla de Agustín Sánchez Vidal, ganador del Premio Espasa de Novela, que convoca Espasa Calpe, Antonio Sarabia, José Manuel Fajardo, Alfonso Mateo-Sagasta, o Ramón Pernas. Pero también otros procedentes de “la otra orilla” iban llegando; alguno en concreto que había arribado a Asturias para asistir a la cita y para preparar otros eventos más negros que éste… Abrazos, saludos, bienvenidas mientras las tropas de Luis Sepúlveda controlaban  que todo se desarrollaba según el guión previsto.

 

            Y ahora, a comer porque la tarde rezuma sensaciones y actividades variopintas y extraordinarias.

 

            A primera hora de la tarde, una de las voces más preclaras de la radio, irrumpió por primera vez en el Salón del Libro Iberoamericano. Me refiero a Luis del Val. Con su peculiar sonrisa y su habitual indumentaria, lazo incluido, atendió a los numerosos medios de comunicación que le aguardaban. Un ambiente distendido y cordial, dentro del discurrir de las actividades que ambientaban la gran fiesta del libro que comenzaría oficialmente un poquito más tarde, aunque la lluvia pretendiera lo contrario.

 

            Y es que a las 19 horas, hora taurina por excelencia en el coso madrileño de las Ventas, lo más preclaro de la política asturiana, lo más acomodado de los sectores económicos de la comunidad, y caras más que conocidas de la cultura y la sociedad gijonesa, salpicados de un público expectante, y con las bendiciones de la muchedumbre de medios de comunicación, nos dispusimos a cortar la cinta, pero sin cinta. Eran los actos de inauguración. Nuestro chileno anfitrión, a la cabeza; a su lado, los representantes institucionales y políticos de la granada vida asturiana, siempre escoltados por un tropel de flashes, fotógrafos y micrófonos… ¡Enhorabuena amigo, y vamos ya por la onceava edición!

 

            Pero si me tuviera que quedar con una imagen, sé perfectamente con cuál. El abrazo cálido, acogedor, sencillo y motivo que se dieron Luis del Val y Covi Sánchez, esta sportinguista nata que preside la Asociación de Escritores Noveles. Fue algo más que un abrazo, porque las sensaciones y emociones que se transmitieron hablaban por si solas. Y es que, amigos, como hoy nos recuerda un titular de El Comercio, “la gente sencilla es el cimiento de la sociedad”.

 

            Se pueden vender cientos de libros, emitir otros tantos programas de radio, y presidir mil y una asociaciones, pero si detrás de estos condimentos no nos encontramos con seres humanos, no sirve de nada. Las instituciones las hacen las personas, y en ellas está el triunfo de las grandes empresas, como el Salón del Libro Iberoamericano. Por eso, el ser humano siempre debe primar en la sociedad, por encima de cualquier otro concepto, ideología o credo.

 

            Ese abrazo, ese encuentro, casi inesperado, fue para mí la imagen del día en el Centro Cultural Antiguo Instituto de Gijón. Una imagen que,  nunca mejor dicho, hablaba por sí sola, una imagen tierna pero también significativa. El ser humano no sólo vive gracias al esfuerzo de su trabajo, sino gracias a gestos como éste que dejan en su total desnudez a la persona, por encima de categorías sociales, personales o culturales. Ahora me viene a la cabeza otra frase, en esta ocasión de Manuel L. Alonso, uno de los autores más preclaros de Literatura, Infantil y Juvenil: “El escritor debe ser humilde antes que la vida le obligue a ello”. Tomen nota algunos, por favor. Se lo agradeceremos.

 

            Y ahora, rápido, regresemos al Centro Cultural Antiguo Instituto de Gijón. Nos espera una nueva cita. Seguro que nos deparará sorpresas. Luego se lo cuento.

 

           

 

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