”Mientras todos van creciendo, los años a mí me disminuyen”, Ángel González.
La muerte llamó a su puerta cuando preparaba un nuevo libro y tenía previsto dar una conferencia en Granada.
Para Asturias, la pérdida del poeta ovetense deja un vacío mayor, si cabe, porque la lectura de sus versos había acompañado a varias generaciones de asturianos, especialmente las formadas en democracia, y por estar su biografía íntimamente unida a nuestra región, donde transcurrió su infancia, estudió las carreras de Derecho y Magisterio, y tuvo vivencias que están en la raíz de su vocación literaria, como los horrores de la guerra civil, en la que fue fusilado un hermano, y la dureza de la sociedad de la posguerra. La última intervención de Ángel González en Asturias se produjo en el paraninfo de la Universidad de Oviedo, el pasado 3 de diciembre, en la ceremonia académica en la que fue investido como doctor ‘honoris causa’. En su conciso discurso, entreverado de nostalgia y lúcida reflexión, el escritor se presentó como heredero del poeta que fue, consciente de estar en la coda de su vida. Allí, volvió a reconocer que en el seno del ‘alma mater’ estuvo «parte de lo mejor de mi vida».
Durante medio siglo, el poeta asturiano va tallando una obra intensa, aunque no extensa, en la que la desesperanza, el intimismo, la expresión de un dolor interiorizado, la huida de las mayúsculas de la épica para refugiarse en los contornos de la cotidianidad, la súplica por la mirada afectiva («mírame mirarte»), el guiño humorístico, y una constante ironía que le sirve para distanciarse de la podredumbre de la sociedad que le rodea constituyen sus principales constantes.
En los manuales de literatura aparece Ángel González formando parte de la Generación de los 50, la llamada ‘poesía de la experiencia’, en la que convergen Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, José Agustín Goytisolo, Alfonso Costafreda, José Manuel Caballero Bonald y Carlos Barral, entre otros. En un panorama lírico dominado por los prolongados ecos de poetas ‘garcilasistas’, abrigados por las instituciones oficiales, y la carga política subversiva de voces como las de Gabriel Celaya o Blas de Otero, surgen un grupo de poetas jóvenes, que tienen lecturas comunes, formas de entender de la vida parecidas, y una nueva manera de relacionar las preocupaciones sociales con la vida más personal y cotidiana.
La muerte de Ángel González deja un vacío imposible de llenar en las letras asturianas y españolas, porque era el más grande de los nuestros. Su marcha, como la de su íntimo amigo, Emilio Alarcos Llorach, hace una decena de años, hace que el panorama de las letras sea más plano. Alérgico, como era, a las grandilocuencias, Ángel González declaró que no era partidario de que su persona y su obra fueran la disculpa para abrir otro museo, aunque sí veía bien agrupar su legado en una sala, en un lugar, que sirviera para su estudio.
Editorial, El Comercio.